Siempre guardaba una moneda para «Money».
No sé si era una superstición o simplemente costumbre, pero cuando entraba en aquel bar con la sinfonola en la esquina, mi mano ya sabía separar una moneda del resto antes incluso de pedir la consumición. Podía gastarme las demás en lo que fuera, pero esa siempre se quedaba aparte, reservada, como quien guarda la última bala. El tintineo de las cajas registradoras al principio de la canción, ese bajo que entra cojeando antes de que todo se ponga en marcha… había algo casi ritual en pulsar el botón, esperar el clic del brazo mecánico buscando el disco correcto entre la fila, y dejar que sonara mientras el resto del bar seguía a lo suyo, ajeno a que para mí aquello era, durante tres minutos, lo único que importaba.
Lo curioso es que nunca, hasta hoy, he escuchado el disco entero. Conocía «Money» de memoria, por supuesto. Alguna vez «Time» se colaba también en la programación de la máquina, con esos relojes de pared sonando todos a la vez al principio, un efecto que me parecía el colmo de la modernidad. Pero The Dark Side of the Moon, como álbum, como obra completa pensada para escucharse de principio a fin, seguía siendo territorio inexplorado. Una de esas deudas pendientes que uno arrastra durante años, sabiendo que están ahí, aplazándolas sin motivo real, hasta que un día se presenta la excusa perfecta.
La portada que miraba sin escuchar

Antes de escuchar una sola nota del álbum completo, ya conocía su portada de memoria. El prisma negro sobre fondo también negro, el haz de luz blanca entrando por la izquierda y descomponiéndose en el arcoíris que sale por el otro lado. La vi en tiendas de discos, en las estanterías de amigos, en pósters, camisetas, en todas partes menos girando en mi propio tocadiscos. Es una de esas portadas que existen casi independientemente del disco que envuelven, un símbolo que reconoce hasta quien no ha escuchado un solo acorde de Pink Floyd en su vida.
Me atraía sin que supiera muy bien por qué. Quizás por esa sobriedad tan poco habitual: ni una palabra, ni el nombre del grupo, ni el título del disco. Solo el prisma, la luz entrando y saliendo transformada. Diseño de Hipgnosis y George Hardie, minimalista y a la vez cargado de sentido, porque en realidad resume el álbum entero: algo simple que entra y sale convertido en múltiples cosas distintas. El tiempo, el dinero, la locura, la muerte, la propia vida cotidiana descompuesta en su espectro de ansiedades.
Un disco «capital»
No hace falta que me extienda demasiado en esto: sobre The Dark Side of the Moon se ha escrito ya lo indecible. Grabado en Abbey Road, publicado en 1973, con Alan Parsons como ingeniero de sonido dando forma a una producción que sonaba a años luz de cualquier otra cosa. Un disco conceptual sin ser pretencioso, que aborda las presiones de la vida moderna —el tiempo que se escapa, el dinero que todo lo condiciona, la salud mental al límite— con una cohesión sonora que lo convirtió en piedra angular del rock progresivo y en una de las referencias obligadas de cualquier colección que se precie.
Es de esos discos «capitales» con mayúscula, de los que uno da por escuchados aunque en realidad solo conozca fragmentos sueltos, sacados de contexto, como los míos, rescatados canción a canción en la sinfonola de un bar que ya ni siquiera existe.
El álbum se publicó el 1 de marzo de 1973. Mi cumpleaños. No sé si eso significa nada, o si es simple casualidad estadística sobre la que uno puede tejer historias, pero desde que lo supe me cuesta no verlo como una señal, como si el disco llevara más de cincuenta años esperando pacientemente a que llegara el día en que por fin le prestara la atención que merece.
El día en que por fin cierro el círculo
Hoy es 12 de agosto de 2026, y esta tarde, mientras el cielo sobre mi cabeza se oscurece durante un eclipse total de Sol —el primero visible desde la península en más de un siglo—, voy a escuchar por fin The Dark Side of the Moon de principio a fin. No sé si suena excesivo buscar una correspondencia entre el fenómeno astronómico y el disco, pero el propio título de la última canción me lo ha puesto en bandeja: «Eclipse».
Ahí, en el último tema, es donde el álbum cierra su círculo: «todo lo que tocas, todo lo que ves, todo lo que pruebas…» una enumeración que se dispara hasta rematar en esa frase que resume el disco entero, «and everything under the sun is in tune, but the sun is eclipsed by the moon» — todo bajo el sol está en armonía, pero el sol queda eclipsado por la luna. Escrito hace más de cincuenta años, sin que nadie pensara entonces en un eclipse real cayendo sobre España un 12 de agosto de 2026, y sin embargo aquí estamos, con la letra y el cielo diciendo, por una vez, exactamente lo mismo.
No tengo todavía un vinilo propio del álbum —esa es otra tarea pendiente, y hasta se me ocurre que quizás sea la excusa perfecta para conseguir uno digno de una fecha así—, pero eso no me impedirá escucharlo hoy. Esta entrada queda aquí como recordatorio: el día en que el cielo se oscureció sobre mi ciudad y yo, por fin, dejé que el disco entero sonara hasta el final. La próxima vez que alguien me pregunte dónde estaba y qué hacía durante el eclipse solar total del 12 de agosto de 2026, ya tengo respuesta.



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