Metamorfosis

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El día que descubrí que los Canarios de «Get On Your Knees» habían grabado el Vivaldi más extraño de 1974

Era sábado por la mañana, primer año de bachillerato. Y un sábado por la mañana en el internado podía ser una de estas dos cosas: una eternidad sin nada que hacer, o —si tenías suerte— una de esas audiciones que el centro programaba de vez en cuando en la sala de música. Ese día tocaba Vivaldi. Las Cuatro Estaciones. Y, según el cartel de la puerta, una versión a cargo de un grupo llamado Canarios.

Ese nombre sí me sonaba, y mucho: era el mismo grupo de «Get On Your Knees», una canción que había escuchado mil veces sin plantearme jamás quién estaba detrás. Por eso la intriga fue inmediata, antes incluso de que sonara la primera nota. ¿Qué tenían que ver los Canarios que yo conocía con Vivaldi? Me senté con más curiosidad que expectativas.

Salí de aquella sala sin saber muy bien qué acababa de escuchar. Aquello no se parecía a nada que yo conociera del «rock español» de la época, y desde luego no se parecía a Vivaldi tal y como yo lo tenía en la cabeza. Sintetizadores que gemían, un Mellotron que parecía respirar, una soprano cantando en medio de guitarras eléctricas, y una historia —porque aquello contaba una historia— que iba de la creación del mundo a un apocalipsis situado, nada menos, que en el año 2700. El desconcierto inicial se transformó en fascinación pura: ¿cómo se llega de «Get On Your Knees» a esto? Nunca olvidé ese día.

De Las Palmas al vinilo más ambicioso del prog español

La historia empieza en Las Palmas de Gran Canaria, a mediados de los sesenta, cuando un grupo local llamado Los Ídolos cruza el Atlántico rebautizado como The Canaries para grabar en Los Ángeles, en los estudios de la RCA, bajo el ala de la productora de The Tokens. Aquel disco americano no llegó a publicarse, y la banda regresó a España para reinventarse de nuevo, esta vez como Los Canarios: soul, R&B, letras en inglés, y un puñado de discos entre 1968 y 1972 que los situaron como una más de las bandas pop/rock de su generación —sin especial vocación de trascender.

El punto de inflexión llega por un motivo tan poco romántico como la mili. Teddy Bautista, alma del grupo, tiene que cumplir el servicio militar y la banda queda en suspenso. Cuando Bautista vuelve, no reactiva Los Canarios: funda Canarios, a secas, con una formación casi enteramente nueva y de vocación internacional —el batería francés Alain Richard, el bajista también francés Christian Mellies, el guitarrista Antonio García de Diego, el teclista Mathias Sanveillan. Y con ellos se mete en el proyecto más desmedido que se haya intentado en el rock español de los setenta: adaptar Las Cuatro Estaciones de Vivaldi al lenguaje del rock progresivo sinfónico, en toda su pompa.

El resultado, publicado en 1974 por Ariola, se llama Ciclos. Cuatro actos —«Paraíso Remoto», «Abismo Próximo», «Ciudad Futura», «El Eslabón Recobrado»— que ocupan una cara de vinilo cada uno, con una duración total que roza los setenta y tres minutos. Bautista, que había descubierto los sintetizadores y no pensaba disimularlo, se rodea de Moog, Mellotron M400, VCS-3 y ARP 2600, y añade un coro dirigido por Alfredo Carrión y una soprano de origen indonesio, Rukmini Sukmawati —nada menos que hija del expresidente Sukarno— para dar al conjunto ese aire entre litúrgico y cósmico que atraviesa todo el disco.

Que un proyecto de esta envergadura pudiera siquiera grabarse en la España de 1974, con la dictadura agonizando pero todavía viva, y en un momento en que el rock español apenas tenía presencia en las listas frente al dominio de la canción de autor, es ya de por sí una rareza. Que además se convirtiera, con los años, en la obra más reverenciada del prog sinfónico español, todavía lo es más.

La sorpresa: cuando Ciclos cruzó la frontera convertido en Cycles

Lo que no sabía yo aquella mañana de sábado —y lo que he tardado años en descubrir con pruebas en la mano— es que Ciclos tuvo una vida paralela fuera de España. Ariola-Eurodisc lanzó una edición para el mercado de exportación, prensada en Holanda, con el título íntegramente anglicanizado: Cycles.

No se trata de una regrabación ni de una versión distinta: es la misma grabación de 1974, con la misma producción de E. Bautista y A. Morales para Ariola Spain, pero repensada para un oyente que no lee español. La portada mantiene la misma ilustración —esa figura de barba larga enmarcada por dos alas que, mirada con calma, resulta ser una mariposa completa vista de frente— pero el título «Ciclos» desaparece por completo, sustituido por «canarios / Cycles — Based upon Antonio Vivaldi’s ‘The Four Seasons’».

Y la traducción no se queda en la portada. En la etiqueta del disco, cada uno de los movimientos aparece rebautizado: el «Primer Acto: Paraíso Remoto» se convierte en «First Transmigration (The Remote Paradise)», y dentro de él, títulos como «Genesis», «Prana (Primary Cry)», «First Vision of a New World», «Hymn to the Peremptory Harmony of the Universe», «First Steps in a New World» y, cómo no, «Extravagant Metamorphosis» —la traducción literal, casi pomposa, de la «Metamorfosis Extravagante» original.

Ese último título, de hecho, podría servir de resumen para todo el artículo. Porque si uno mira bien esa portada, lo que hay dibujado no es solo una figura mística flotando entre nubes: son las alas desplegadas de una mariposa. Y una mariposa, como cualquier oyente de aquella sala de audiciones sabía muy bien, es lo que queda después de una metamorfosis.

Tres metamorfosis en una

Pensándolo con perspectiva, en esta historia hay tres transformaciones superpuestas. La banda que muta del pop/soul adolescente a un proyecto sinfónico de ambición desmedida. El disco que muta físicamente al cruzar una frontera, cambiando de idioma sin cambiar una sola nota. Y, en medio de las dos, un oyente adolescente que entra a una sala de audiciones esperando escuchar a Vivaldi y sale sabiendo que acaba de escuchar, disfrazado de otra cosa, al mismo grupo de «Get On Your Knees».

Han pasado muchos años desde aquel sábado. Pero cada vez que tengo en las manos este disco —«Cycles», nada menos, prensado en Holanda, con esas etiquetas plateadas de Ariola y ese sticker de catálogo pegado con el cuidado de quien preparaba envíos a medio continente— vuelvo, por un momento, a aquella sala de audiciones. Y entiendo, mejor que entonces, por qué nunca olvidé ese día.

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