Categoría: Discos

  • El twist que llegó del frío

    El twist que llegó del frío

    Cuando eres niño todo lo ves con esa mezcla de curiosidad y fascinación propia de la edad en la que empiezas a descubrirlo todo. Así veía yo este disco. Me fascinaba el sonido de esas guitarras, ese punteo limpio y ligeramente tembloroso que parecía venido de otro planeta, y también esa portada: cuatro chicos vestidos de rojo y blanco tocando sus instrumentos mientras una chica bailaba en primer plano con un bodi negro y zapatos de tacón. Todo en aquella imagen olía a América. Estaba convencido de que The Violents era un grupo estadounidense, seguramente de algún lugar soleado donde el twist se bailara en la calle.

    Por eso mi sorpresa fue mayúscula cuando, muchos años después, descubrí que eran suecos. ¿Te lo puedes creer? El twist que llegó del frío. Cómo pudo llegar un disco así a mi casa es todavía un misterio para mí. Definitivamente mis padres eran más «modernos» de lo que yo creía. Pero supongo que eso es lo que pensamos todos los hijos sobre los nuestros.

    Un grupo de Estocolmo con alma de Shadows

    The Violents se formaron en Estocolmo en 1959, en plena efervescencia del rock instrumental europeo. La formación original la integraban Rolf Hammarström y Hasse Rosén a las guitarras, Lennart Carlsmyr al bajo y Tord Jonsby a la batería. Su referencia confesa era The Shadows, y se nota: ese sonido de guitarra brillante y algo reverberado que tanto me atrapaba de crío no es casualidad, es la escuela de Hank Marvin trasplantada al norte de Europa.

    En 1961 llegó su gran momento sueco con «Alpens Ros», que subió hasta el puesto número cinco de las listas de éxitos suecas, la Tio i Topp. Precisamente ese tema es uno de los cuatro que aparecen en este single español.

    Un año después, en 1962, se incorporó como cantante Jerry Williams, y con él grabaron «Darling Nelly Grey», el primer single que firmaron juntos. A partir de ese momento el grupo empezó a presentarse como «Jerry Williams & The Violents», aunque en esta edición española el protagonismo en la portada sigue siendo íntegramente para The Violents.

    El detalle más curioso de todo el repertorio, sin embargo, está en la propia cara A, justo a continuación de «Darling Nelly Grey»: «Liebestwist». La canción fue vetada por la radio sueca por considerarse una profanación de una obra clásica, nada menos que el «Liebestraum» de Franz Liszt. Basta mirar los créditos de la propia portada española para confirmarlo: ahí, entre paréntesis, figura «(Liszt)» como autor. Convertir a ritmo de twist una pieza para piano del romanticismo alemán era, cuando menos, una osadía.

    El objeto: Discophon 17.198

    El single que tengo en las manos es la edición española, publicada por Discophon con el número de catálogo 17.198, «Alta Fidelidad». La portada, ilustrada y muy en la línea gráfica del pop europeo de principios de los sesenta, lleva el sello de «Twist» en una etiqueta colgante, como si fuera el lazo de un regalo, subrayando que estamos ante un disco pensado para vender baile, no solo música.

    La contraportada es, si cabe, todavía más reveladora del contexto de la época. Bajo el título «EN LA MISMA COLECCIÓN» aparece todo un catálogo de la fiebre del twist que Discophon estaba explotando en España por aquel entonces: Oliver and The Twisters con «Jolly Cholly», «El Rey del Twist» o «Boogie Woogie Twist»; Jack Hammer con «New Orleans» y «Las Tres Menos Cuarto»; The Marcels con «Alegre Twist» y «Penas del Corazón». Un pequeño catálogo de baile que demuestra hasta qué punto el twist fue, durante un par de años, un fenómeno comercial que las discográficas explotaron sin descanso, importando y adaptando grupos de medio mundo.

    Un misterio sin resolver

    Sigo sin saber cómo llegó este disco sueco, editado en España, a mi casa. Puede que fuera un capricho de mis padres, puede que simplemente estuviera de moda en la tienda de discos del barrio y cayera casi por azar. Lo que sí sé es que aquel niño que escuchaba estas guitarras pensando en América nunca imaginó que, décadas más tarde, tendría que rectificar el mapa: el twist, al menos este twist, venía del frío.

  • Eclipse

    Eclipse

    Siempre guardaba una moneda para «Money».

    No sé si era una superstición o simplemente costumbre, pero cuando entraba en aquel bar con la sinfonola en la esquina, mi mano ya sabía separar una moneda del resto antes incluso de pedir la consumición. Podía gastarme las demás en lo que fuera, pero esa siempre se quedaba aparte, reservada, como quien guarda la última bala. El tintineo de las cajas registradoras al principio de la canción, ese bajo que entra cojeando antes de que todo se ponga en marcha… había algo casi ritual en pulsar el botón, esperar el clic del brazo mecánico buscando el disco correcto entre la fila, y dejar que sonara mientras el resto del bar seguía a lo suyo, ajeno a que para mí aquello era, durante tres minutos, lo único que importaba.

    Lo curioso es que nunca, hasta hoy, he escuchado el disco entero. Conocía «Money» de memoria, por supuesto. Alguna vez «Time» se colaba también en la programación de la máquina, con esos relojes de pared sonando todos a la vez al principio, un efecto que me parecía el colmo de la modernidad. Pero The Dark Side of the Moon, como álbum, como obra completa pensada para escucharse de principio a fin, seguía siendo territorio inexplorado. Una de esas deudas pendientes que uno arrastra durante años, sabiendo que están ahí, aplazándolas sin motivo real, hasta que un día se presenta la excusa perfecta.

    La portada que miraba sin escuchar

    Antes de escuchar una sola nota del álbum completo, ya conocía su portada de memoria. El prisma negro sobre fondo también negro, el haz de luz blanca entrando por la izquierda y descomponiéndose en el arcoíris que sale por el otro lado. La vi en tiendas de discos, en las estanterías de amigos, en pósters, camisetas, en todas partes menos girando en mi propio tocadiscos. Es una de esas portadas que existen casi independientemente del disco que envuelven, un símbolo que reconoce hasta quien no ha escuchado un solo acorde de Pink Floyd en su vida.

    Me atraía sin que supiera muy bien por qué. Quizás por esa sobriedad tan poco habitual: ni una palabra, ni el nombre del grupo, ni el título del disco. Solo el prisma, la luz entrando y saliendo transformada. Diseño de Hipgnosis y George Hardie, minimalista y a la vez cargado de sentido, porque en realidad resume el álbum entero: algo simple que entra y sale convertido en múltiples cosas distintas. El tiempo, el dinero, la locura, la muerte, la propia vida cotidiana descompuesta en su espectro de ansiedades.

    Un disco «capital»

    No hace falta que me extienda demasiado en esto: sobre The Dark Side of the Moon se ha escrito ya lo indecible. Grabado en Abbey Road, publicado en 1973, con Alan Parsons como ingeniero de sonido dando forma a una producción que sonaba a años luz de cualquier otra cosa. Un disco conceptual sin ser pretencioso, que aborda las presiones de la vida moderna —el tiempo que se escapa, el dinero que todo lo condiciona, la salud mental al límite— con una cohesión sonora que lo convirtió en piedra angular del rock progresivo y en una de las referencias obligadas de cualquier colección que se precie.

    Es de esos discos «capitales» con mayúscula, de los que uno da por escuchados aunque en realidad solo conozca fragmentos sueltos, sacados de contexto, como los míos, rescatados canción a canción en la sinfonola de un bar que ya ni siquiera existe.

    El álbum se publicó el 1 de marzo de 1973. Mi cumpleaños. No sé si eso significa nada, o si es simple casualidad estadística sobre la que uno puede tejer historias, pero desde que lo supe me cuesta no verlo como una señal, como si el disco llevara más de cincuenta años esperando pacientemente a que llegara el día en que por fin le prestara la atención que merece.

    El día en que por fin cierro el círculo

    Hoy es 12 de agosto de 2026, y esta tarde, mientras el cielo sobre mi cabeza se oscurece durante un eclipse total de Sol —el primero visible desde la península en más de un siglo—, voy a escuchar por fin The Dark Side of the Moon de principio a fin. No sé si suena excesivo buscar una correspondencia entre el fenómeno astronómico y el disco, pero el propio título de la última canción me lo ha puesto en bandeja: «Eclipse».

    Ahí, en el último tema, es donde el álbum cierra su círculo: «todo lo que tocas, todo lo que ves, todo lo que pruebas…» una enumeración que se dispara hasta rematar en esa frase que resume el disco entero, «and everything under the sun is in tune, but the sun is eclipsed by the moon» — todo bajo el sol está en armonía, pero el sol queda eclipsado por la luna. Escrito hace más de cincuenta años, sin que nadie pensara entonces en un eclipse real cayendo sobre España un 12 de agosto de 2026, y sin embargo aquí estamos, con la letra y el cielo diciendo, por una vez, exactamente lo mismo.

    No tengo todavía un vinilo propio del álbum —esa es otra tarea pendiente, y hasta se me ocurre que quizás sea la excusa perfecta para conseguir uno digno de una fecha así—, pero eso no me impedirá escucharlo hoy. Esta entrada queda aquí como recordatorio: el día en que el cielo se oscureció sobre mi ciudad y yo, por fin, dejé que el disco entero sonara hasta el final. La próxima vez que alguien me pregunte dónde estaba y qué hacía durante el eclipse solar total del 12 de agosto de 2026, ya tengo respuesta.

  • Metamorfosis

    Metamorfosis

    El día que descubrí que los Canarios de «Get On Your Knees» habían grabado el Vivaldi más extraño de 1974

    Era sábado por la mañana, primer año de bachillerato. Y un sábado por la mañana en el internado podía ser una de estas dos cosas: una eternidad sin nada que hacer, o —si tenías suerte— una de esas audiciones que el centro programaba de vez en cuando en la sala de música. Ese día tocaba Vivaldi. Las Cuatro Estaciones. Y, según el cartel de la puerta, una versión a cargo de un grupo llamado Canarios.

    Ese nombre sí me sonaba, y mucho: era el mismo grupo de «Get On Your Knees», una canción que había escuchado mil veces sin plantearme jamás quién estaba detrás. Por eso la intriga fue inmediata, antes incluso de que sonara la primera nota. ¿Qué tenían que ver los Canarios que yo conocía con Vivaldi? Me senté con más curiosidad que expectativas.

    Salí de aquella sala sin saber muy bien qué acababa de escuchar. Aquello no se parecía a nada que yo conociera del «rock español» de la época, y desde luego no se parecía a Vivaldi tal y como yo lo tenía en la cabeza. Sintetizadores que gemían, un Mellotron que parecía respirar, una soprano cantando en medio de guitarras eléctricas, y una historia —porque aquello contaba una historia— que iba de la creación del mundo a un apocalipsis situado, nada menos, que en el año 2700. El desconcierto inicial se transformó en fascinación pura: ¿cómo se llega de «Get On Your Knees» a esto? Nunca olvidé ese día.

    De Las Palmas al vinilo más ambicioso del prog español

    La historia empieza en Las Palmas de Gran Canaria, a mediados de los sesenta, cuando un grupo local llamado Los Ídolos cruza el Atlántico rebautizado como The Canaries para grabar en Los Ángeles, en los estudios de la RCA, bajo el ala de la productora de The Tokens. Aquel disco americano no llegó a publicarse, y la banda regresó a España para reinventarse de nuevo, esta vez como Los Canarios: soul, R&B, letras en inglés, y un puñado de discos entre 1968 y 1972 que los situaron como una más de las bandas pop/rock de su generación —sin especial vocación de trascender.

    El punto de inflexión llega por un motivo tan poco romántico como la mili. Teddy Bautista, alma del grupo, tiene que cumplir el servicio militar y la banda queda en suspenso. Cuando Bautista vuelve, no reactiva Los Canarios: funda Canarios, a secas, con una formación casi enteramente nueva y de vocación internacional —el batería francés Alain Richard, el bajista también francés Christian Mellies, el guitarrista Antonio García de Diego, el teclista Mathias Sanveillan. Y con ellos se mete en el proyecto más desmedido que se haya intentado en el rock español de los setenta: adaptar Las Cuatro Estaciones de Vivaldi al lenguaje del rock progresivo sinfónico, en toda su pompa.

    El resultado, publicado en 1974 por Ariola, se llama Ciclos. Cuatro actos —«Paraíso Remoto», «Abismo Próximo», «Ciudad Futura», «El Eslabón Recobrado»— que ocupan una cara de vinilo cada uno, con una duración total que roza los setenta y tres minutos. Bautista, que había descubierto los sintetizadores y no pensaba disimularlo, se rodea de Moog, Mellotron M400, VCS-3 y ARP 2600, y añade un coro dirigido por Alfredo Carrión y una soprano de origen indonesio, Rukmini Sukmawati —nada menos que hija del expresidente Sukarno— para dar al conjunto ese aire entre litúrgico y cósmico que atraviesa todo el disco.

    Que un proyecto de esta envergadura pudiera siquiera grabarse en la España de 1974, con la dictadura agonizando pero todavía viva, y en un momento en que el rock español apenas tenía presencia en las listas frente al dominio de la canción de autor, es ya de por sí una rareza. Que además se convirtiera, con los años, en la obra más reverenciada del prog sinfónico español, todavía lo es más.

    La sorpresa: cuando Ciclos cruzó la frontera convertido en Cycles

    Lo que no sabía yo aquella mañana de sábado —y lo que he tardado años en descubrir con pruebas en la mano— es que Ciclos tuvo una vida paralela fuera de España. Ariola-Eurodisc lanzó una edición para el mercado de exportación, prensada en Holanda, con el título íntegramente anglicanizado: Cycles.

    No se trata de una regrabación ni de una versión distinta: es la misma grabación de 1974, con la misma producción de E. Bautista y A. Morales para Ariola Spain, pero repensada para un oyente que no lee español. La portada mantiene la misma ilustración —esa figura de barba larga enmarcada por dos alas que, mirada con calma, resulta ser una mariposa completa vista de frente— pero el título «Ciclos» desaparece por completo, sustituido por «canarios / Cycles — Based upon Antonio Vivaldi’s ‘The Four Seasons’».

    Y la traducción no se queda en la portada. En la etiqueta del disco, cada uno de los movimientos aparece rebautizado: el «Primer Acto: Paraíso Remoto» se convierte en «First Transmigration (The Remote Paradise)», y dentro de él, títulos como «Genesis», «Prana (Primary Cry)», «First Vision of a New World», «Hymn to the Peremptory Harmony of the Universe», «First Steps in a New World» y, cómo no, «Extravagant Metamorphosis» —la traducción literal, casi pomposa, de la «Metamorfosis Extravagante» original.

    Ese último título, de hecho, podría servir de resumen para todo el artículo. Porque si uno mira bien esa portada, lo que hay dibujado no es solo una figura mística flotando entre nubes: son las alas desplegadas de una mariposa. Y una mariposa, como cualquier oyente de aquella sala de audiciones sabía muy bien, es lo que queda después de una metamorfosis.

    Tres metamorfosis en una

    Pensándolo con perspectiva, en esta historia hay tres transformaciones superpuestas. La banda que muta del pop/soul adolescente a un proyecto sinfónico de ambición desmedida. El disco que muta físicamente al cruzar una frontera, cambiando de idioma sin cambiar una sola nota. Y, en medio de las dos, un oyente adolescente que entra a una sala de audiciones esperando escuchar a Vivaldi y sale sabiendo que acaba de escuchar, disfrazado de otra cosa, al mismo grupo de «Get On Your Knees».

    Han pasado muchos años desde aquel sábado. Pero cada vez que tengo en las manos este disco —«Cycles», nada menos, prensado en Holanda, con esas etiquetas plateadas de Ariola y ese sticker de catálogo pegado con el cuidado de quien preparaba envíos a medio continente— vuelvo, por un momento, a aquella sala de audiciones. Y entiendo, mejor que entonces, por qué nunca olvidé ese día.

  • Y Viva España: el himno que no era de aquí

    Y Viva España: el himno que no era de aquí

    España es campeona del mundo. Otra vez. Y este mi pequeño homenaje. Como manda la tradición no escrita de este país, en cuanto suena el pitido final hay una canción que empieza a sonar en las plazas, en los bares y en la radio del coche: Y Viva España, de Manolo Escobar. Ese pasodoble que todos hemos coreado alguna vez, con una copa en la mano o sin ella, aunque muchos ni sepamos bien de qué habla la letra más allá del estribillo.

    Yo tengo en casa el single original y aprovechando la que se ha liado con la selección me he puesto a rascar un poco en la historia de esta canción. Y la sorpresa ha sido mayúscula: Y Viva España no es española. Ni de origen, ni de nacimiento.

    Un belga enamorado de la Costa Brava

    La historia empieza en Bélgica, no en Andalucía. A finales de los años 60, un compositor belga llamado Leo Caerts pasaba sus vacaciones en la Costa Brava y quedó prendado del sitio: el sol, la playa, el ambiente. Tan enamorado quedó que decidió ponerle música a esa sensación. Se juntó con un letrista compatriota, Leo Rozenstraten, y entre los dos parieron una canción en flamenco —el idioma neerlandés que se habla en Flandes, no hay que confundirse— que se llamó Eviva España, con esa «e» inicial que en español no significa absolutamente nada.

    La cantó por primera vez en 1971 una cantante belga que se hacía llamar Samantha, y el temita no se quedó en Bélgica: vendió más de cien mil copias allí y cerca de medio millón en el resto del mundo. De ahí saltó a versiones en inglés, en francés, en alemán… y en español, curiosamente antes de que Manolo Escobar la tocara. La primera versión hispanohablante corrió a cargo de una cantante nacida en Eritrea, Hanna Aroni, que la grabó en 1972.

    Hay incluso quien apunta —sin que esté del todo confirmado— que la melodía de Caerts se parece demasiado a Arriba España, un himno que cantaban las tropas italianas enviadas por Mussolini durante la Guerra Civil. Si fue casualidad o influencia indirecta, nadie lo sabe con certeza, pero da para un rato de discusión de bar.

    Llega Manolo Escobar

    En 1973, cuando Escobar era ya la gran estrella de la canción española, se hizo con los derechos y grabó su propia versión, muy distinta en la letra a la original belga. La reescritura del texto español se atribuye a Manuel de Gómez, un emigrado español que trabajaba, según cuentan, de conserje en la embajada de España en Bruselas. Ese mismo nombre, «M. de Gómez», es el que figura en el crédito de adaptación en la etiqueta de mi disco. La nostalgia de un emigrante convertida en pasodoble patriótico: ese es el verdadero origen de la letra que todos conocemos.

    La versión de Manolo Escobar arrasó ese verano —con permiso de Georgie Dann—, ayudada además por la película Me has hecho perder el juicio, donde también la cantaba. Y desde entonces no ha parado de sonar en bodas, verbenas y, por supuesto, cada vez que la selección levanta algo.

    El disco

    Mi ejemplar es el single original de Belter, número de catálogo 08.253, y con esa portada tan de la época: un mapa de España convertido en alfombra verde, un sol con cara sonriente en la esquina, una pareja andaluza bailando y un Manolo Escobar muy digno con traje marrón, plantado sobre el mapa como si fuera un gigante turístico. Puro cartel de «Spain is different» trasladado a la funda de un disco de 45 rpm.

    • Cara A: Y Viva España (L. Caerts – L. Rozenstraten, adaptación española de M. de Gómez)
    • Cara B: Pregúntale a mi guitarra (C. Cuevas – Jobam – F. Lapardi)

    La contraportada, como era costumbre en Belter, hace de escaparate del resto del catálogo del artista: aparecen las carátulas de otros tres singles suyos publicados por el sello, La rumbera / Niña de Cartagena (08.127), Jugando guapa (08.247) y Mi novia extranjera / Si vas pa la mar (08.133). Una pequeña lección de cómo las discográficas de la época aprovechaban cada disco para vender los demás.

    Así que ya lo sabéis: la próxima vez que alguien grite «¡Y Viva España!» en la plaza del pueblo, podéis contarle que ese himno tan nuestro nació en Bélgica, de la mano de un turista enamorado de la Costa Brava. Como canción convertida en himno de fútbol, resulta que también tiene su aire de selección: hecho fuera, pero triunfando en casa.


    La selección española de fútbol ganó su segundo campeonato del mundo el 19 de julio de 2026.

  • El Global Beatles Day y la deuda pendiente

    El Global Beatles Day y la deuda pendiente

    Hay coleccionistas que empiezan por los Beatles. Es lo más natural del mundo: pones el pie en una tienda de segunda mano, ves una funda con esas cuatro caras inconfundibles, y algo hace clic. El vinilo como puerta de entrada al mito.

    Yo no fui ese coleccionista.

    Cuando los Beatles llenaban el mundo con su música, yo era demasiado joven para entenderlo del todo. Y cuando llegué al coleccionismo, décadas después, los Beatles ya eran una presencia tan monumental, tan obvia, tan de todos, que nunca sentí la urgencia de buscarlos. Los Beatles podían esperar.

    Esperaron mucho tiempo.


    El 25 de junio se celebra el Global Beatles Day. La fecha conmemora aquel 25 de junio de 1967 en que los Beatles interpretaron All You Need Is Love ante las cámaras de la BBC para Our World, la primera retransmisión televisiva global vía satélite de la historia. Cuatro chicos de Liverpool tocando en directo para entre cuatrocientos y setecientos millones de personas en veinticuatro países. La cifra exacta varía según la fuente, pero la imagen es la misma en todas: el estudio decorado con flores, globos y pancartas, y John Lennon cantando algo que parecía una obviedad y que, en aquel momento preciso de la historia, sonaba como una revelación.

    La iniciativa de convertir esa fecha en un día de celebración global partió en 2009 de una fan estadounidense llamada Faith Cohen, que lo describió como una carta de agradecimiento a la banda. Durante años fue una tradición de admiradores. Este 2026, Apple Corps —la compañía de los Beatles— la ha reconocido oficialmente por primera vez. Tarde, pero bien.


    Fue esa efeméride la que me puso ante el espejo.

    Mi colección no es la de un cazador de rarezas. Son 174 discos, la mayoría heredados de mis padres, que durante años estuvieron apilados esperando que alguien les prestara atención. La afición me llegó tarde, cuando decidí catalogarlos en serio y construí para eso una pequeña aplicación propia. Fue entonces cuando empecé a mirar los discos de otra manera: ya no como objetos que simplemente estaban ahí, sino como documentos con historia, con contexto, con variantes que valía la pena entender. Y fue entonces, también, cuando caí en la cuenta de que entre todos esos discos no había ni uno solo de los Beatles.

    La vergüenza es el primer paso hacia la redención.

    Abrí Discogs con un propósito claro: el single de All You Need Is Love en su edición española original de 1967. Si iba a comprar mi primer Beatles, quería que fuera ese disco, el del día que estaba conmemorando, y quería que fuera el prensaje que un español habría podido comprar aquel mismo verano en que se emitió el programa. Encontré un ejemplar en buen estado. Lo pedí sin pensarlo dos veces.


    Cuando llegó, lo primero que me llamó la atención fue la funda.

    Odeon España tomó una decisión poco habitual para un single de la época: en lugar de limitarse a reproducir la portada británica o usar una funda genérica, incluyó una nota explicativa en la propia cubierta. Junto a la foto de los cuatro, en letra pequeña pero perfectamente legible, se lee:

    «La grabación de este disco fue efectuada durante el programa de Mundo Visión «OUR WORLD» del mes de junio de 1967.»

    Mundo Visión. Así llamaban aquí a lo que en el resto del mundo se conocía como Our World. Un nombre que suena casi más ambicioso que el original, como si la televisión española quisiera subrayar que aquello era, en efecto, la visión del mundo entero concentrada en un único momento. La referencia de catálogo —DSOL 66.080— aparece en la esquina inferior derecha, junto a los logos de Odeon y EMI.

    La contraportada tiene la elegancia austera de los singles de distribución masiva: fondo blanco, tipografía limpia, la información justa. Pero en esa austeridad hay detalles que valen su peso en oro para cualquier aficionado a la historia de la música en España. Los títulos aparecen traducidos: All You Need Is Love se convierte en «Te hace falta amor», y Baby, You’re A Rich Man en «Baby, eres rico». Una práctica habitual en la España de los sesenta, cuando las discográficas intentaban tender un puente entre el mercado anglófono y el oyente local, a veces con resultados pintorescos.

    También figura la lista de otros singles Beatles disponibles entonces en el catálogo Odeon español: Strawberry Fields Forever, Paperback Writer, Ticket to Ride, She Loves You. Una pequeña arqueología de lo que un coleccionista de 1967 tenía al alcance. Y en la esquina inferior derecha, un adhesivo circular con la leyenda USE EMITEX —el limpiadiscos español de la época, cuya publicidad aparece en decenas de singles de estos años como un guiño entrañable a otra manera de cuidar los discos.

    En el margen inferior: Compañía del Gramofono-Odeon, S.A.E. — Apartado 588 — Barcelona. E impreso en letras pequeñas, casi como una firma discreta: Gráficas Román, S.A. – Barcelona.


    La etiqueta es azul. Azul intenso, el azul inconfundible de Odeon España en aquellos años, con el logotipo del templete clásico en la parte superior y la palabra odeon en tipografía blanca. En el centro, el título: ALL YOU NEED IS LOVE. Debajo, entre comillas, la traducción: «Te hace falta amor». Y la atribución: Lennon y McCartney. Producción: George Martin.

    A la izquierda, el Depósito Legal: B. 23407-1967. Prensaje original, sin ninguna duda. A la derecha, la referencia de catálogo y, en el margen inferior, algo que no esperaba encontrar: FABRIGADO EN ESPAÑA.

    Fabrigado. Con G.

    Una errata tipográfica en la etiqueta original de 1967. En el disco de los Beatles. En el mismo año en que grabaron All You Need Is Love para la televisión de todo el mundo. Alguien, en alguna imprenta de Barcelona, tecleó una G donde debía ir una C, y nadie lo corrigió antes de que saliera a la calle. En un disco que se prensó por miles.

    Hay errores que humanizan. Este es uno de ellos.


    Cincuenta y nueve años después de aquella retransmisión global, el single llegó a mis manos. Tarde, sí. Pero con la portada que explica su propia historia, con los títulos traducidos al español de una época que ya no existe, con el adhesivo del limpiadiscos, con la errata en la etiqueta y con el azul Odeon brillando como si acabara de salir de la fábrica.

    La deuda estaba saldada.

  • Aqualung: la portada que superó mis expectativas

    Aqualung: la portada que superó mis expectativas

    Ya conocía el disco. Las canciones me eran familiares, había crecido un poco con ellas. Pero el día que fui a comprarlo, lo que me encontré entre las manos superó todo lo que había imaginado: aquella portada. El mendigo de mirada perdida, el dibujo entre lo antiguo y lo decrépito, esa estética que parecía sacada de un grabado victoriano olvidado en un desván. Yo era joven, y todo lo arcano, lo sugerente, lo que olía a misterio, me atraía sin remedio. Aqualung tenía eso a raudales.

    Lo que no sabía entonces —y que descubriría con los años, hurgando en discos viejos— es que esa misma portada que tanto me sedujo llegó a España con casi cuatro años de retraso. Chrysalis publicó el álbum en 1971; aquí no se pudo comprar hasta 1975, en plena agonía del franquismo, y con condiciones.

    La censura no se limitó a mirar con recelo la imagen del mendigo o las letras sobre religión. Fue más quirúrgica: directamente eliminó «Locomotive Breath» del disco, sustituyéndola por «Glory Row», una canción descartada del álbum War Child que en el resto del mundo no vería la luz hasta mucho después. El motivo, según se ha contado, tuvo más que ver con ciertas referencias sexuales del tema que con la crítica a la Iglesia que recorre todo el disco —cosa que tiene su propia ironía, porque «My God» se quedó intacta. También desapareció de las primeras ediciones españolas un pequeño texto que Ian Anderson había escrito para la contraportada, una suerte de decálogo provocador que no pasó el filtro.

    Y aquí viene lo mejor: toda esa operación de censura resultó, con el tiempo, bastante absurda. «Locomotive Breath» ya se había publicado en España tres años antes, en el recopilatorio Living in the Past de 1972, sin que nadie pareciera darse cuenta. La canción «peligrosa» llevaba circulando libremente bastante tiempo antes de que alguien decidiera tacharla del álbum original.

    Esa torpeza burocrática, sin embargo, le dio a la edición española un valor curioso: hoy es una pieza buscada por coleccionistas de todo el mundo, precisamente por incluir «Glory Row» en un vinilo de 1975, años antes de que esa canción apareciera oficialmente en otros mercados.

    Pero para mí, antes que un dato de catálogo o una curiosidad censora, sigue siendo sobre todo eso: la portada que nunca olvidé. La que, en una tienda de discos hace ya muchos años, me hizo detener y pensar que aquel misterioso mendigo guardaba algo que yo necesitaba descubrir.

    Una curiosidad para los que disfrutan rebuscando entre prensaciones: bajo el mismo número de catálogo (Chrysalis 85.383) y el mismo Depósito Legal (B.2.568-1975), circularon al menos dos variantes de esta edición española — una con etiqueta verde y mariposa roja, fabricada por Ariola-Eurodisc, y otra con etiqueta azul y mariposa blanca, fabricada por Sonic, S.A. Mismo lanzamiento, mismo año, pero dos plantas distintas repartiéndose la producción. La mía, por cierto, es justo esta segunda: la variante de Sonic.

  • Balapapa, o el verano que llegó tarde

    Balapapa, o el verano que llegó tarde

    El verano de 1970 empezó como todos los veranos: con calor, con ganas y con la certeza de que Georgie Dann aparecería puntual en el tocadiscos. El año anterior había sido el del Casatschok, ese ritmo frenético de origen cosaco que conquistó todas las verbenas de España y dejó el listón en un sitio difícil de alcanzar. Quizás por eso Balapapa pasó un poco de puntillas. O quizás porque el verano de 1970, al menos en mi casa, tenía otras preocupaciones: una bicicleta que no llegaba y que tendría que esperar hasta el verano siguiente para aparecer.

    Balapapa era Georgie Dann en estado puro: pegadiza, simpática, con ese coro que se te quedaba en la cabeza sin pedirte permiso. La cara A cumplía exactamente con lo que se esperaba de él: ritmo, jolgorio, el espíritu de la canción del verano antes de que nadie llamase así a las canciones del verano.

    Pero la sorpresa estaba en la cara B.

    ¿Quieres, o no quieres? sonaba diferente. Tenía otro aire, más suave, más cómplice. Tardé mucho tiempo en entender por qué: aquella canción era en realidad una versión en español de «Não Vem Que Não Tem», un tema del gran Wilson Simonal, el cantante y showman carioca que en los años sesenta había mezclado samba, bossa nova y soul con una elegancia que en España casi nadie conocía. Georgie Dann, que lo sabía todo sobre cómo hacer bailar a la gente, había pescado algo en Brasil y lo había traído envuelto en español. El resultado tenía ese vaivén pausado, esa cadencia brasileña que no se parecía a nada de lo que sonaba entonces en las radios de aquí.

    El disco viene con una portada que resume bien la época: el grupo al completo, posando en alguna terraza de Balapapa —uno de esos lugares que solo existen en las canciones—, con esa mezcla de ropa ranchera y moda ye-yé que solamente podía ocurrir en 1970. Y en la contraportada, los tres singles anteriores de Discophon como pequeñas ventanas hacia el pasado reciente: El Casatschok, Bo-La-Va, La Cremallera. Una pequeña historia del verano español en tres imágenes teñidas de rosa.

    La bicicleta llegó al año siguiente. Georgie Dann también volvió, como siempre. Pero aquella cara B me siguió rondando mucho tiempo después, sin que yo supiera muy bien por qué.

  • Massiel, «La, la, la» y un niño que ya no pudo olvidarla

    Massiel, «La, la, la» y un niño que ya no pudo olvidarla

    Hay recuerdos que se quedan pegados para siempre a un momento concreto: una voz, una imagen, una tarde de abril. Para mí, ese momento fue el 6 de abril de 1968.

    —¡Yaya, dice mamá que bajes, que está a punto de empezar!

    El festival ya había comenzado. Luego, cuando vi a aquella chica en la pantalla, con su vestido corto y su pelo largo, cantando esas sílabas imposibles de olvidar, algo se quedó grabado en mí para siempre. No sabía si iba a ganar o no pero a ese niño ya lo había conquistado.

    El single que tengo en mis manos hoy lo compré con mi madre poco tiempo después de aquella noche. Un 7″ de 45 rpm editado por el sello Novola, referencia NOX-65, con «La, la, la» en la cara A y «Pensamientos, sentimientos» en la cara B. La portada —esa foto de Massiel con la mirada perdida en alguna parte y el fondo de madera grisácea— es una de las imágenes que más asocio a mi infancia.

    La historia detrás de este disco es tan apasionante como la canción misma. El representante español elegido inicialmente fue Joan Manuel Serrat, pero el 25 de marzo de 1968 anunció que no cantaría en español sino en catalán. El Gobierno no aceptó otra lengua que no fuera el castellano, y Serrat quedó fuera. TVE propuso entonces a Massiel, que estaba de gira en México, y ella regresó a España rápidamente para grabar la canción y promocionarla por varios países europeos. Solo tuvo diez días para prepararse antes del festival —¡qué podía salir mal!—, y hubo que subirle un tono y medio a la canción para adaptarla a su voz.

    La canción había sido escrita por Manuel de la Calva y Ramón Arcusa —el Dúo Dinámico— y la producción corrió a cargo de Juan Carlos Calderón. El festival se celebró en el Royal Albert Hall de Londres, con Katie Boyle como presentadora. Se jugaba en campo del contrario y no había nada que perder. Massiel actuó en decimoquinto lugar aquella noche, y ganó la competición por un solo punto sobre el gran favorito, «Congratulations» de Cliff Richard, convirtiéndose en la primera artista española en ganar el concurso y hacer historia.

    El disco lleva décadas en mi colección. La cara A sigue sonando tan fresca y directa como aquella noche de abril del 68. Y cada vez que lo pongo, escucho también la voz de mi madre mandándome a buscar a mi abuela y los momentos tan felices que pasé con mi familia ese día. Y Massiel.

  • El disco que me descubrió a Electric Light Orchestra

    El disco que me descubrió a Electric Light Orchestra

    Hay discos que buscamos durante años. Y hay otros que llegan a nosotros sin previo aviso y terminan quedándose para siempre. Eso fue exactamente lo que me ocurrió con A New World Record de Electric Light Orchestra.

    La primera vez que lo escuché estudiaba Bachillerato. Por entonces no conocía prácticamente nada del grupo. Su nombre apenas me sonaba y no tenía ninguna referencia sobre su música. Sin embargo, bastaron unos pocos minutos para que aquel disco despertara mi curiosidad.

    No era exactamente rock.

    Tampoco era música clásica.

    Ni pop en el sentido convencional de la palabra.

    Era algo distinto.

    El descubrimiento de un sonido

    Hoy resulta fácil acceder a cualquier artista en cuestión de segundos. Pero hace años descubrir un grupo nuevo tenía algo de aventura.

    Cada disco era una incógnita.

    Recuerdo especialmente el impacto que me produjo Rockaria!.

    Aquella mezcla de guitarras, cuerdas, melodías pegadizas y la inesperada aparición de una voz operística me pareció fascinante. Había escuchado rock, había escuchado música clásica, pero nunca había encontrado ambas cosas combinadas de aquella manera.

    Con el tiempo descubrí que esa mezcla era precisamente una de las señas de identidad de Electric Light Orchestra. Jeff Lynne había construido un universo propio en el que convivían Beatles, orquestaciones clásicas y una producción extraordinariamente cuidada.

    Pero en aquel momento simplemente me sonó diferente.

    Y eso fue suficiente.

    Una portada imposible de olvidar

    La música fue lo primero que me atrapó.

    La portada llegó inmediatamente después.

    El disco muestra por primera vez el que acabaría convirtiéndose en uno de los logotipos más reconocibles de la historia del rock: el enorme emblema circular de ELO suspendido sobre el Empire State Building de Nueva York.

    Hay portadas que ilustran un álbum.

    Y hay portadas que terminan formando parte de la identidad del grupo.

    Esta pertenece claramente a la segunda categoría.

    Con sus colores brillantes sobre el fondo negro y su estética futurista, parece una mezcla de nave espacial, máquina recreativa y cartel de ciencia ficción de los años setenta. Décadas después sigue resultando inconfundible.

    Un disco clave

    Publicado en 1976, A New World Record marcó uno de los momentos más brillantes de la carrera de Electric Light Orchestra.

    El álbum contiene algunas de las canciones más recordadas del grupo, entre ellas Telephone Line, Livin’ Thing, Do Ya y la propia Rockaria!.

    Escuchándolo hoy resulta fácil entender por qué tuvo tanto éxito.

    Hay una sensación permanente de ambición musical. Cada arreglo parece cuidadosamente construido. Cada canción está llena de detalles que aparecen en escuchas sucesivas.

    No era un disco conformista.

    Era un grupo funcionando a pleno rendimiento.

    Mi ejemplar

    La copia que conservo muestra las marcas habituales del paso del tiempo.

    Los bordes de la portada presentan desgaste y algunas señales de uso acumuladas durante décadas. Son las cicatrices normales de un disco que ha sido escuchado muchas veces.

    Lejos de molestarme, esas marcas forman parte de su historia y la mía.

    Cada una de ellas me recuerda todos esos momentos, compartidos o en relajada soledad, que este álbum ha llenado.

    La importancia de la primera escucha

    Hay discos objetivamente mejores que otros.

    Pero algunos ocupan un lugar especial por razones difíciles de explicar.

    A New World Record siempre será para mí uno de esos álbumes porque fue el disco que me descubrió a Electric Light Orchestra.

    Cada vez que vuelve a sonar Rockaria! recuerdo aquella primera escucha durante los años de Bachillerato, cuando no sabía nada del grupo y todo estaba aún por descubrir.

    Y quizá esa sea una de las mayores virtudes de coleccionar discos.

    No sólo conservamos música.

    También conservamos el recuerdo de quiénes éramos cuando la escuchamos por primera vez.

  • Los 3 Carino: tres hermanos de Huesca que conquistaron medio mundo

    Los 3 Carino: tres hermanos de Huesca que conquistaron medio mundo

    Hay discos que llegan a una colección después de años de búsqueda. Otros aparecen por casualidad en una tienda de segunda mano o en un mercadillo.

    Y luego están los que forman parte de la familia.

    Este EP de Los 3 Carino llegó a mis estanterías de esa manera. Lo heredé de mis padres y durante mucho tiempo fue simplemente uno de esos discos antiguos que siempre habían estado ahí, formando parte del paisaje familiar.

    Con los años empecé a mirarlo con otros ojos.

    Primero me llamó la atención que el grupo fuera de Huesca, mi ciudad. Después descubrí que detrás de aquel nombre tan peculiar se escondían tres hermanos oscenses que habían conseguido grabar discos para Philips y desarrollar una carrera mucho más interesante de lo que cabría imaginar.

    Lo que parecía un sencillo recuerdo familiar terminó convirtiéndose en una pequeña ventana a una historia casi olvidada de la música aragonesa.

    Un grupo nacido en Huesca

    Los 3 Carino no eran tres músicos reunidos para la ocasión. Eran tres hermanos oscenses: Carmen, Ricardo y Joaquín Solanes.

    Y su nombre tampoco era casual. «Carino» surgía de la combinación de sus nombres: Car de Carmen, Ri de Ricardo y No de Quino, diminutivo habitual de Joaquín. Por eso el grupo se llamó siempre Los 3 Carino y no Los 3 Cariño, algo que suele llamar la atención cuando uno encuentra sus discos por primera vez.

    Antes de que existiera el pop español

    Hoy estamos acostumbrados a hablar de la música pop española como una industria consolidada. Pero cuando Los 3 Carino comenzaron su carrera, todo estaba todavía por construir.

    España apenas empezaba a abrirse a las influencias internacionales. El rock and roll llegaba con cuentagotas y los grupos vocales eran una novedad para buena parte del público.

    En ese contexto, tres jóvenes de Huesca consiguieron grabar discos para Philips y abrirse camino en los escenarios.

    No era poca cosa.

    Mucho más lejos de Aragón

    Lo que más me sorprendió al descubrir la historia del grupo fue comprobar hasta dónde llegaron. Porque Los 3 Carino no limitaron su actividad a Aragón ni siquiera a España. Durante los años sesenta desarrollaron una intensa actividad internacional que los llevó a actuar en países como Turquía, Irán, Irak o Jordania.

    Visto desde hoy parece casi increíble. Tres hermanos nacidos en Huesca recorriendo Oriente Medio en una época en la que viajar al extranjero era una experiencia excepcional para la mayoría de los españoles. Algunas fuentes incluso señalan que llegaron a actuar ante el rey Hussein de Jordania.

    Sea cual sea la dimensión exacta de aquella aventura, lo cierto es que su trayectoria fue mucho más ambiciosa y cosmopolita de lo que cabría imaginar al observar este modesto EP.

    El disco

    El ejemplar que conservo incluye cuatro canciones:

    • Salió el tren
    • Tres jinetes
    • Comunicando
    • Mr. Wonderful

    Musicalmente refleja perfectamente el sonido de los primeros años sesenta: armonías vocales, arreglos sencillos y una clara influencia de la música popular internacional del momento.

    Pero lo que más me interesa hoy no son las canciones.

    Es el objeto.

    Las huellas del tiempo

    Este disco está lejos de encontrarse en un estado perfecto.

    La portada muestra roturas, marcas, anotaciones manuscritas y restos de antiguas reparaciones con cinta adhesiva. La contraportada tampoco ha escapado al paso de las décadas. Sin embargo, cada una de esas marcas parece añadir una capa más a su historia.

    Alguien escribió sobre él.

    Alguien lo guardó.

    Alguien lo escuchó una y otra vez.

    Y desde el olvido ha conseguido llegar hasta aquí.

    Un disco que guarda dos historias

    Quizá por eso este disco ocupa un lugar especial en mi colección. No es el más raro. Tampoco el más valioso. Pero perteneció a mis padres y me conecta con dos historias al mismo tiempo: la historia de mi familia y la de tres hermanos oscenses que llevaron su música mucho más lejos de lo que cualquiera habría imaginado.

    Cada vez que lo sostengo veo las marcas del tiempo sobre el cartón, las anotaciones hechas hace décadas y las huellas de una vida anterior a la mía. Y pienso que, al final, coleccionar discos consiste también en eso: conservar recuerdos, rescatar historias y evitar que ciertas cosas caigan en el olvido. Los 3 Carino estuvieron a punto de hacerlo. Por suerte, todavía queda algún disco girando para recordarlos.

    Los 3 Carino – Comunicando

  • Pequeño Bikini Amarillo: cuando el rock llegó en formato de cuatro canciones

    Pequeño Bikini Amarillo: cuando el rock llegó en formato de cuatro canciones

    Hay discos que se buscan por su valor económico, otros por su rareza y algunos porque representan un momento concreto de la historia. Este pequeño EP de Zafiro (Z-E 182) pertenece a esa última categoría.

    A primera vista, Pequeño bikini amarillo parece uno más entre los cientos de discos publicados en España a comienzos de los años sesenta. Sin embargo, basta observar la portada para entender que estamos ante algo especial. El diseño, con sus trazos abstractos, colores vivos y una estética claramente influida por el optimismo gráfico de la época, captura perfectamente el espíritu de aquellos años en los que el rock and roll y el pop comenzaban a abrirse paso entre el público español.

    Cuatro canciones para una generación

    El disco reúne cuatro temas que hoy funcionan como una pequeña cápsula del tiempo:

    • Bikini Amarillo – Vrayan Jailan
    • Blues del mulero – Los Zender
    • Lo siento – Blenda Ly
    • Solo el solitario – Ray Arbisoun

    Entre todos ellos destaca especialmente Solo el solitario, adaptación de «Only the Lonely», uno de los primeros grandes éxitos de Roy Orbison.

    En la etiqueta y en la contraportada aparece acreditado como «Ray Arbisoun», una castellanización fonética bastante habitual en la España de principios de los años sesenta. En aquellos años era frecuente que los nombres de artistas extranjeros se adaptaran a la pronunciación española o incluso se tradujeran parcialmente para acercarlos al público local.

    Hoy resulta curioso ver a Roy Orbison presentado de esta manera, pero también convierte este pequeño EP en un interesante testimonio de cómo llegaba la música internacional a nuestro país.

    La sombra de Roy Orbison

    Con el paso del tiempo, es probablemente Roy Orbison quien aporta mayor relevancia histórica a este lanzamiento. Cuando este disco apareció, Orbison estaba construyendo una carrera que acabaría situándolo entre las figuras más importantes del rock and roll.

    Su voz inconfundible, capaz de pasar de la vulnerabilidad a la intensidad dramática en cuestión de segundos, dio lugar a clásicos como Only the Lonely, Crying, In Dreams o Oh, Pretty Woman. Décadas después seguiría siendo admirado por artistas tan diversos como Bruce Springsteen, Tom Petty, Elvis Costello o los integrantes de The Traveling Wilburys.

    Por eso resulta especialmente atractivo encontrar su nombre, aunque disfrazado bajo la forma de «Ray Arbisoun», en un modesto EP español de comienzos de los sesenta. Es uno de esos pequeños detalles que convierten un disco aparentemente corriente en una pieza mucho más interesante para el coleccionista.

    Una contraportada que cuenta una historia

    La contraportada resulta especialmente interesante porque actúa como una ventana al mercado musical español de comienzos de los sesenta.

    El texto promocional destaca que las canciones seleccionadas figuraban entre los éxitos norteamericanos del momento y menciona expresamente la revista Billboard como referencia de prestigio. Hoy puede parecer algo normal, pero en aquella época Estados Unidos representaba la vanguardia musical y comercial, y citar las listas americanas era una forma de garantizar calidad y actualidad.

    También llama la atención el lenguaje empleado: expresiones como «juventud americana» o «alegres momentos bailando al ritmo de sus melodías» reflejan una época en la que el pop se vendía como una promesa de modernidad y diversión.

    Más que un disco

    Las pequeñas marcas en los bordes, ligeros desgastes y el típico envejecimiento del cartón de la portada y las manchas, amarilleamiento y marcas de almacenamiento que se aprecian en la contraportada, cuentan una historia tan interesante como la música que contiene.

    Cuando sostengo piezas como esta, me gusta pensar que no estoy observando únicamente un soporte musical. Estoy viendo un objeto que nació en una época en la que la televisión apenas comenzaba a consolidarse, internet era inimaginable y la música viajaba físicamente de mano en mano.

    Quizá no sea el disco más raro de mi colección ni el más valioso. Pero sí es uno de esos ejemplares capaces de transportar al oyente a un momento concreto de la historia.

    Y, al fin y al cabo, eso es lo que busco cuando colecciono discos: no sólo canciones, sino también fragmentos de tiempo.