Categoría: Canciones

  • María Isabel: el verano que no era mi novia

    María Isabel: el verano que no era mi novia

    El verano de 1969 comenzó con las mismas expectativas que los anteriores: disfrutar con mis amigos hasta el agotamiento, encontrar una fórmula mágica para que no terminase nunca y María Isabel. No, no era mi novia. Era una canción que sonaba sin pedir permiso allí donde hubiera una radio encendida. El grupo era totalmente desconocido para mí, Los Payos. María Isabel no tardó en llegar a casa para quedarse y dar vueltas en el tocadiscos.

    Los Payos eran tres amigos sevillanos —José Moreno «Josele», Luis Moreno Salguero «Pibe» y Eduardo Rodríguez Rodway— que se habían formado como trío en 1967 tras probar fortuna cada uno por su cuenta: los dos guitarristas en Francia, el percusionista tocando un par de años en Estados Unidos. Nada de eso llegó a cuajar, así que volvieron a Sevilla y montaron el grupo casi como plan de repuesto. En 1968 sacaron su primer single y, poco después, una rumbeada versión de «Adiós, Angelina» de Bob Dylan que ya asomó entre los diez primeros. Pero nada les preparó para lo que vino después.

    En 1969, ya con Rafa León sumado temporalmente como cuarto miembro, grabaron su tercer sencillo: «María Isabel / Compasión». La canción se instaló en el número uno durante once semanas y no bajó del top 10 en treinta y ocho, con cerca de un millón de copias vendidas solo en España. Fue la canción del verano por derecho propio, de esas que uno tararea sin darse cuenta, y así fue como llegó también a mi casa, sin que yo supiera nada del grupo que la firmaba.

    Los Payos – María Isabel

    Años después volví a encontrarme con uno de sus miembros en Triana. No, no hablo del barrio, hablo del grupo. La sorpresa fue mayúscula al ver su cara en aquel disco. Rápidamente fui a comprobarlo y sí, era él. Eduardo Rodríguez Rodway, guitarrista de Los Payos, se había convertido en uno de los pilares del rock andaluz. Entró en Triana en 1974, dos años antes de que Los Payos se disolvieran definitivamente, así que durante un tiempo llevó una doble vida musical: la rumba pop de los veranos y el rock progresivo con raíces flamencas que estaba a punto de definir toda una escena. Y lo curioso es que ese vínculo ya estaba escrito en el propio single que yo tenía en casa: la cara B, «Compasión», la había compuesto él mismo.

    Triana – Eduardo Rodríguez Rodway en primer plano

    El disco que guardo es la edición original de Hispavox, referencia H 434. En la portada, cuatro fotografías en color de los Payos con guitarra y pajarita, y la firma de Ontañón en la fotografía. Dentro de la funda no venía una contraportada al uso, sino algo que siempre me ha gustado encontrar en los singles de la época: una hoja publicitaria de la propia Hispavox, con las novedades del sello de aquel momento. Karina, Los Ángeles, Los Pekenikes, Miguel Ríos… un pequeño catálogo de lo que sonaba en España aquel verano, colándose sin querer en la funda de mi disco favorito.

    Contraportada

    Ese año seguí sin novia. Tampoco encontré la fórmula mágica. Pero tenía a María Isabel sonando en el tocadiscos, que tampoco es tan mal consuelo.

  • Y Viva España: el himno que no era de aquí

    Y Viva España: el himno que no era de aquí

    España es campeona del mundo. Otra vez. Y este mi pequeño homenaje. Como manda la tradición no escrita de este país, en cuanto suena el pitido final hay una canción que empieza a sonar en las plazas, en los bares y en la radio del coche: Y Viva España, de Manolo Escobar. Ese pasodoble que todos hemos coreado alguna vez, con una copa en la mano o sin ella, aunque muchos ni sepamos bien de qué habla la letra más allá del estribillo.

    Yo tengo en casa el single original y aprovechando la que se ha liado con la selección me he puesto a rascar un poco en la historia de esta canción. Y la sorpresa ha sido mayúscula: Y Viva España no es española. Ni de origen, ni de nacimiento.

    Un belga enamorado de la Costa Brava

    La historia empieza en Bélgica, no en Andalucía. A finales de los años 60, un compositor belga llamado Leo Caerts pasaba sus vacaciones en la Costa Brava y quedó prendado del sitio: el sol, la playa, el ambiente. Tan enamorado quedó que decidió ponerle música a esa sensación. Se juntó con un letrista compatriota, Leo Rozenstraten, y entre los dos parieron una canción en flamenco —el idioma neerlandés que se habla en Flandes, no hay que confundirse— que se llamó Eviva España, con esa «e» inicial que en español no significa absolutamente nada.

    La cantó por primera vez en 1971 una cantante belga que se hacía llamar Samantha, y el temita no se quedó en Bélgica: vendió más de cien mil copias allí y cerca de medio millón en el resto del mundo. De ahí saltó a versiones en inglés, en francés, en alemán… y en español, curiosamente antes de que Manolo Escobar la tocara. La primera versión hispanohablante corrió a cargo de una cantante nacida en Eritrea, Hanna Aroni, que la grabó en 1972.

    Hay incluso quien apunta —sin que esté del todo confirmado— que la melodía de Caerts se parece demasiado a Arriba España, un himno que cantaban las tropas italianas enviadas por Mussolini durante la Guerra Civil. Si fue casualidad o influencia indirecta, nadie lo sabe con certeza, pero da para un rato de discusión de bar.

    Llega Manolo Escobar

    En 1973, cuando Escobar era ya la gran estrella de la canción española, se hizo con los derechos y grabó su propia versión, muy distinta en la letra a la original belga. La reescritura del texto español se atribuye a Manuel de Gómez, un emigrado español que trabajaba, según cuentan, de conserje en la embajada de España en Bruselas. Ese mismo nombre, «M. de Gómez», es el que figura en el crédito de adaptación en la etiqueta de mi disco. La nostalgia de un emigrante convertida en pasodoble patriótico: ese es el verdadero origen de la letra que todos conocemos.

    La versión de Manolo Escobar arrasó ese verano —con permiso de Georgie Dann—, ayudada además por la película Me has hecho perder el juicio, donde también la cantaba. Y desde entonces no ha parado de sonar en bodas, verbenas y, por supuesto, cada vez que la selección levanta algo.

    El disco

    Mi ejemplar es el single original de Belter, número de catálogo 08.253, y con esa portada tan de la época: un mapa de España convertido en alfombra verde, un sol con cara sonriente en la esquina, una pareja andaluza bailando y un Manolo Escobar muy digno con traje marrón, plantado sobre el mapa como si fuera un gigante turístico. Puro cartel de «Spain is different» trasladado a la funda de un disco de 45 rpm.

    • Cara A: Y Viva España (L. Caerts – L. Rozenstraten, adaptación española de M. de Gómez)
    • Cara B: Pregúntale a mi guitarra (C. Cuevas – Jobam – F. Lapardi)

    La contraportada, como era costumbre en Belter, hace de escaparate del resto del catálogo del artista: aparecen las carátulas de otros tres singles suyos publicados por el sello, La rumbera / Niña de Cartagena (08.127), Jugando guapa (08.247) y Mi novia extranjera / Si vas pa la mar (08.133). Una pequeña lección de cómo las discográficas de la época aprovechaban cada disco para vender los demás.

    Así que ya lo sabéis: la próxima vez que alguien grite «¡Y Viva España!» en la plaza del pueblo, podéis contarle que ese himno tan nuestro nació en Bélgica, de la mano de un turista enamorado de la Costa Brava. Como canción convertida en himno de fútbol, resulta que también tiene su aire de selección: hecho fuera, pero triunfando en casa.


    La selección española de fútbol ganó su segundo campeonato del mundo el 19 de julio de 2026.

  • Balapapa, o el verano que llegó tarde

    Balapapa, o el verano que llegó tarde

    El verano de 1970 empezó como todos los veranos: con calor, con ganas y con la certeza de que Georgie Dann aparecería puntual en el tocadiscos. El año anterior había sido el del Casatschok, ese ritmo frenético de origen cosaco que conquistó todas las verbenas de España y dejó el listón en un sitio difícil de alcanzar. Quizás por eso Balapapa pasó un poco de puntillas. O quizás porque el verano de 1970, al menos en mi casa, tenía otras preocupaciones: una bicicleta que no llegaba y que tendría que esperar hasta el verano siguiente para aparecer.

    Balapapa era Georgie Dann en estado puro: pegadiza, simpática, con ese coro que se te quedaba en la cabeza sin pedirte permiso. La cara A cumplía exactamente con lo que se esperaba de él: ritmo, jolgorio, el espíritu de la canción del verano antes de que nadie llamase así a las canciones del verano.

    Pero la sorpresa estaba en la cara B.

    ¿Quieres, o no quieres? sonaba diferente. Tenía otro aire, más suave, más cómplice. Tardé mucho tiempo en entender por qué: aquella canción era en realidad una versión en español de «Não Vem Que Não Tem», un tema del gran Wilson Simonal, el cantante y showman carioca que en los años sesenta había mezclado samba, bossa nova y soul con una elegancia que en España casi nadie conocía. Georgie Dann, que lo sabía todo sobre cómo hacer bailar a la gente, había pescado algo en Brasil y lo había traído envuelto en español. El resultado tenía ese vaivén pausado, esa cadencia brasileña que no se parecía a nada de lo que sonaba entonces en las radios de aquí.

    El disco viene con una portada que resume bien la época: el grupo al completo, posando en alguna terraza de Balapapa —uno de esos lugares que solo existen en las canciones—, con esa mezcla de ropa ranchera y moda ye-yé que solamente podía ocurrir en 1970. Y en la contraportada, los tres singles anteriores de Discophon como pequeñas ventanas hacia el pasado reciente: El Casatschok, Bo-La-Va, La Cremallera. Una pequeña historia del verano español en tres imágenes teñidas de rosa.

    La bicicleta llegó al año siguiente. Georgie Dann también volvió, como siempre. Pero aquella cara B me siguió rondando mucho tiempo después, sin que yo supiera muy bien por qué.

  • Massiel, «La, la, la» y un niño que ya no pudo olvidarla

    Massiel, «La, la, la» y un niño que ya no pudo olvidarla

    Hay recuerdos que se quedan pegados para siempre a un momento concreto: una voz, una imagen, una tarde de abril. Para mí, ese momento fue el 6 de abril de 1968.

    —¡Yaya, dice mamá que bajes, que está a punto de empezar!

    El festival ya había comenzado. Luego, cuando vi a aquella chica en la pantalla, con su vestido corto y su pelo largo, cantando esas sílabas imposibles de olvidar, algo se quedó grabado en mí para siempre. No sabía si iba a ganar o no pero a ese niño ya lo había conquistado.

    El single que tengo en mis manos hoy lo compré con mi madre poco tiempo después de aquella noche. Un 7″ de 45 rpm editado por el sello Novola, referencia NOX-65, con «La, la, la» en la cara A y «Pensamientos, sentimientos» en la cara B. La portada —esa foto de Massiel con la mirada perdida en alguna parte y el fondo de madera grisácea— es una de las imágenes que más asocio a mi infancia.

    La historia detrás de este disco es tan apasionante como la canción misma. El representante español elegido inicialmente fue Joan Manuel Serrat, pero el 25 de marzo de 1968 anunció que no cantaría en español sino en catalán. El Gobierno no aceptó otra lengua que no fuera el castellano, y Serrat quedó fuera. TVE propuso entonces a Massiel, que estaba de gira en México, y ella regresó a España rápidamente para grabar la canción y promocionarla por varios países europeos. Solo tuvo diez días para prepararse antes del festival —¡qué podía salir mal!—, y hubo que subirle un tono y medio a la canción para adaptarla a su voz.

    La canción había sido escrita por Manuel de la Calva y Ramón Arcusa —el Dúo Dinámico— y la producción corrió a cargo de Juan Carlos Calderón. El festival se celebró en el Royal Albert Hall de Londres, con Katie Boyle como presentadora. Se jugaba en campo del contrario y no había nada que perder. Massiel actuó en decimoquinto lugar aquella noche, y ganó la competición por un solo punto sobre el gran favorito, «Congratulations» de Cliff Richard, convirtiéndose en la primera artista española en ganar el concurso y hacer historia.

    El disco lleva décadas en mi colección. La cara A sigue sonando tan fresca y directa como aquella noche de abril del 68. Y cada vez que lo pongo, escucho también la voz de mi madre mandándome a buscar a mi abuela y los momentos tan felices que pasé con mi familia ese día. Y Massiel.