Autor: Rinkun

  • Aqualung: la portada que superó mis expectativas

    Aqualung: la portada que superó mis expectativas

    Ya conocía el disco. Las canciones me eran familiares, había crecido un poco con ellas. Pero el día que fui a comprarlo, lo que me encontré entre las manos superó todo lo que había imaginado: aquella portada. El mendigo de mirada perdida, el dibujo entre lo antiguo y lo decrépito, esa estética que parecía sacada de un grabado victoriano olvidado en un desván. Yo era joven, y todo lo arcano, lo sugerente, lo que olía a misterio, me atraía sin remedio. Aqualung tenía eso a raudales.

    Lo que no sabía entonces —y que descubriría con los años, hurgando en discos viejos— es que esa misma portada que tanto me sedujo llegó a España con casi cuatro años de retraso. Chrysalis publicó el álbum en 1971; aquí no se pudo comprar hasta 1975, en plena agonía del franquismo, y con condiciones.

    La censura no se limitó a mirar con recelo la imagen del mendigo o las letras sobre religión. Fue más quirúrgica: directamente eliminó «Locomotive Breath» del disco, sustituyéndola por «Glory Row», una canción descartada del álbum War Child que en el resto del mundo no vería la luz hasta mucho después. El motivo, según se ha contado, tuvo más que ver con ciertas referencias sexuales del tema que con la crítica a la Iglesia que recorre todo el disco —cosa que tiene su propia ironía, porque «My God» se quedó intacta. También desapareció de las primeras ediciones españolas un pequeño texto que Ian Anderson había escrito para la contraportada, una suerte de decálogo provocador que no pasó el filtro.

    Y aquí viene lo mejor: toda esa operación de censura resultó, con el tiempo, bastante absurda. «Locomotive Breath» ya se había publicado en España tres años antes, en el recopilatorio Living in the Past de 1972, sin que nadie pareciera darse cuenta. La canción «peligrosa» llevaba circulando libremente bastante tiempo antes de que alguien decidiera tacharla del álbum original.

    Esa torpeza burocrática, sin embargo, le dio a la edición española un valor curioso: hoy es una pieza buscada por coleccionistas de todo el mundo, precisamente por incluir «Glory Row» en un vinilo de 1975, años antes de que esa canción apareciera oficialmente en otros mercados.

    Pero para mí, antes que un dato de catálogo o una curiosidad censora, sigue siendo sobre todo eso: la portada que nunca olvidé. La que, en una tienda de discos hace ya muchos años, me hizo detener y pensar que aquel misterioso mendigo guardaba algo que yo necesitaba descubrir.

    Una curiosidad para los que disfrutan rebuscando entre prensaciones: bajo el mismo número de catálogo (Chrysalis 85.383) y el mismo Depósito Legal (B.2.568-1975), circularon al menos dos variantes de esta edición española — una con etiqueta verde y mariposa roja, fabricada por Ariola-Eurodisc, y otra con etiqueta azul y mariposa blanca, fabricada por Sonic, S.A. Mismo lanzamiento, mismo año, pero dos plantas distintas repartiéndose la producción. La mía, por cierto, es justo esta segunda: la variante de Sonic.

  • La escala Goldmine: el idioma común del coleccionista

    La escala Goldmine: el idioma común del coleccionista

    Llevas semanas buscando un single que se te resiste. Por fin aparece en Discogs, precio razonable, vendedor con buenas valoraciones. Lees la descripción: VG+. ¿Y eso qué significa exactamente?

    Si llevas poco tiempo en esto, es posible que hayas pasado de largo, confiando en que sonará bien. Si llevas más tiempo, sabes que esas dos letras y un signo de puntuación encierran toda una historia: el estado real de ese disco, su pasado, lo que puedes esperar cuando lo pongas en el plato.

    La escala Goldmine es el intento más serio que existe de poner orden en esa conversación.


    De una revista a un idioma universal

    Todo empezó en los años setenta en Estados Unidos, con una publicación llamada Goldmine Magazine, dedicada al mercado de coleccionistas. Comprar y vender discos de segunda mano entre particulares era un negocio que crecía sin parar, pero con un problema evidente: cada vendedor describía el estado de sus discos a su manera. Lo que para uno era «en buen estado» para otro era «aceptable». Las disputas eran inevitables.

    La revista propuso un sistema de grados estandarizados para que compradores y vendedores hablaran el mismo idioma. Con el tiempo, ese sistema se exportó al mercado europeo y acabó convirtiéndose en la base de plataformas como Discogs, que hoy conecta a coleccionistas de todo el mundo.

    No es perfecto. Pero es lo que hay, y vale la pena entenderlo bien.


    Los grados, uno a uno

    La escala tiene seis niveles principales. Van de lo absoluto a lo arqueológico.

    Mint (M)

    El disco perfecto. Recién salido de prensa, sin haber sido tocado jamás. En la práctica, es casi imposible encontrar este grado en el mercado de segunda mano: en el momento en que un disco sale de su funda y se pone en el plato, ya deja de ser Mint. Si alguien lo vende así, lo más probable es que sea un disco sellado, nunca reproducido, guardado en condiciones inmejorables durante décadas. Son piezas de museo, y su precio suele reflejarlo.

    Near Mint (NM o M-)

    El nivel más alto que se aplica de forma realista en el mercado. Un disco Near Mint prácticamente no muestra señales de uso. El vinilo brilla, sin rayaduras visibles. La portada conserva sus esquinas intactas, los colores vivos, sin manchas ni desgaste. Si lo escuchas, el silencio entre canciones es silencio de verdad: sin chasquidos, sin interferencias. Es el estado que todo coleccionista desea y que, cuando aparece, merece lo que piden por él.

    Very Good Plus (VG+)

    Aquí empieza el terreno real del coleccionismo. VG+ es el grado más común en el mercado, y también el más controvertido, porque es donde la subjetividad empieza a colarse.

    Un disco VG+ ha sido reproducido, pero con cuidado. Puede tener alguna señal superficial bajo luz directa, pero esas marcas no deberían afectar al sonido. La portada puede mostrar un desgaste mínimo en las esquinas. En teoría, la experiencia de escucha sigue siendo muy buena. En la práctica, dos vendedores diferentes pueden usar VG+ para describir discos en estados bastante distintos.

    Very Good (VG)

    Un disco Very Good tiene historia visible. Hay rayaduras que se ven y que, si eres sincero, también se escuchan: algún clic ocasional, algo de ruido de fondo en los momentos más silenciosos. La portada puede mostrar marcas de uso, arrugas leves, algún sello de precio del que alguien intentó despegarse a medias.

    Aun así, VG sigue siendo un grado perfectamente válido, especialmente para discos difíciles de encontrar o para quien busca escuchar más que coleccionar. Es el grado de los discos con vida propia.

    Good (G) y Good Plus (G+)

    A partir de aquí, las expectativas cambian por completo. Un disco en estado Good tiene rayaduras evidentes que afectan a la reproducción: saltos, distorsión, ruido constante. La portada puede estar rota, escrita, manchada. Sigue siendo un objeto que produce sonido, pero la experiencia de escucha queda comprometida.

    Se compra en este estado cuando no hay otra opción: el disco es tan raro que cualquier copia es mejor que ninguna, o cuando se busca solo la portada para completar una colección.

    Poor (P) y Fair (F)

    El disco existe. Algo más no puede garantizarse. Surcos tan desgastados que apenas se distingue la música, deformaciones que impiden una reproducción normal, portadas destruidas. Son piezas de arqueología, no de colección activa.


    El problema del VG+ generoso

    Si llevas tiempo comprando en Discogs o en mercados de segunda mano, ya sabes de lo que hablo. El VG+ generoso es una especie conocida en el ecosistema del coleccionismo.

    Son discos anunciados como VG+ que llegan y resultan ser, en el mejor caso, un VG algo optimista. El vendedor no miente exactamente: simplemente tiene una escala interior calibrada de forma distinta. Para él, ese chasquido ocasional en el tercer surco del lado B no cuenta. Para ti, quizá sí.

    La escala Goldmine intenta ser objetiva, pero la aplican personas. Y las personas son subjetivas por naturaleza.

    Con el tiempo, uno aprende a leer entre líneas: las fotos que el vendedor incluye (o no incluye), el historial de valoraciones, el país de origen del disco, la descripción que acompaña al anuncio. Un vendedor que escribe «VG+, alguna marca superficial en cara A que no afecta al sonido» inspira más confianza que uno que simplemente pone «VG+» y punto.


    Cómo usarla en la práctica

    Si compras: calibra tus expectativas según el grado y el precio. Un VG+ de un vendedor con cien valoraciones positivas y fotos detalladas es una apuesta razonable. Un VG+ sin fotos de un vendedor nuevo merece más cautela. Y si el disco llega en peor estado del anunciado, Discogs tiene un sistema de reclamaciones que, en general, funciona bien.

    Si vendes: sé honesto, incluso cuando eso baje el precio. Un comprador que recibe exactamente lo que esperaba vuelve. Uno que recibe algo peor no vuelve, y deja una valoración que lo recuerda.

    Si simplemente coleccionas sin comprar online: la escala sigue siendo útil como referencia mental. Te ayuda a hablar con otros coleccionistas, a poner en valor lo que tienes, a entender por qué ese Near Mint que encontraste en un mercadillo vale mucho más de lo que pagaste por él.


    Un punto de partida, no un dogma

    La escala Goldmine es una herramienta, no una verdad absoluta. Nació para facilitar la comunicación entre desconocidos que compran y venden discos a distancia, y en eso sigue siendo insustituible.

    Pero cualquier coleccionista que lleve un tiempo en esto acaba desarrollando su propia lectura. Sus propias categorías mentales, más matizadas o más personales que las oficiales. La escala estándar dice VG+; tú sabes que para ti eso significa algo concreto, diferente quizá de lo que significa para el vecino.

    Si tienes curiosidad por cómo funciona esa lectura más personal, en esta entrada hablo de la escala que yo mismo he ido construyendo con los años. Spoiler: tiene menos categorías, pero cada una pesa más.

  • Balapapa, o el verano que llegó tarde

    Balapapa, o el verano que llegó tarde

    El verano de 1970 empezó como todos los veranos: con calor, con ganas y con la certeza de que Georgie Dann aparecería puntual en el tocadiscos. El año anterior había sido el del Casatschok, ese ritmo frenético de origen cosaco que conquistó todas las verbenas de España y dejó el listón en un sitio difícil de alcanzar. Quizás por eso Balapapa pasó un poco de puntillas. O quizás porque el verano de 1970, al menos en mi casa, tenía otras preocupaciones: una bicicleta que no llegaba y que tendría que esperar hasta el verano siguiente para aparecer.

    Balapapa era Georgie Dann en estado puro: pegadiza, simpática, con ese coro que se te quedaba en la cabeza sin pedirte permiso. La cara A cumplía exactamente con lo que se esperaba de él: ritmo, jolgorio, el espíritu de la canción del verano antes de que nadie llamase así a las canciones del verano.

    Pero la sorpresa estaba en la cara B.

    ¿Quieres, o no quieres? sonaba diferente. Tenía otro aire, más suave, más cómplice. Tardé mucho tiempo en entender por qué: aquella canción era en realidad una versión en español de «Não Vem Que Não Tem», un tema del gran Wilson Simonal, el cantante y showman carioca que en los años sesenta había mezclado samba, bossa nova y soul con una elegancia que en España casi nadie conocía. Georgie Dann, que lo sabía todo sobre cómo hacer bailar a la gente, había pescado algo en Brasil y lo había traído envuelto en español. El resultado tenía ese vaivén pausado, esa cadencia brasileña que no se parecía a nada de lo que sonaba entonces en las radios de aquí.

    El disco viene con una portada que resume bien la época: el grupo al completo, posando en alguna terraza de Balapapa —uno de esos lugares que solo existen en las canciones—, con esa mezcla de ropa ranchera y moda ye-yé que solamente podía ocurrir en 1970. Y en la contraportada, los tres singles anteriores de Discophon como pequeñas ventanas hacia el pasado reciente: El Casatschok, Bo-La-Va, La Cremallera. Una pequeña historia del verano español en tres imágenes teñidas de rosa.

    La bicicleta llegó al año siguiente. Georgie Dann también volvió, como siempre. Pero aquella cara B me siguió rondando mucho tiempo después, sin que yo supiera muy bien por qué.

  • Massiel, «La, la, la» y un niño que ya no pudo olvidarla

    Massiel, «La, la, la» y un niño que ya no pudo olvidarla

    Hay recuerdos que se quedan pegados para siempre a un momento concreto: una voz, una imagen, una tarde de abril. Para mí, ese momento fue el 6 de abril de 1968.

    —¡Yaya, dice mamá que bajes, que está a punto de empezar!

    El festival ya había comenzado. Luego, cuando vi a aquella chica en la pantalla, con su vestido corto y su pelo largo, cantando esas sílabas imposibles de olvidar, algo se quedó grabado en mí para siempre. No sabía si iba a ganar o no pero a ese niño ya lo había conquistado.

    El single que tengo en mis manos hoy lo compré con mi madre poco tiempo después de aquella noche. Un 7″ de 45 rpm editado por el sello Novola, referencia NOX-65, con «La, la, la» en la cara A y «Pensamientos, sentimientos» en la cara B. La portada —esa foto de Massiel con la mirada perdida en alguna parte y el fondo de madera grisácea— es una de las imágenes que más asocio a mi infancia.

    La historia detrás de este disco es tan apasionante como la canción misma. El representante español elegido inicialmente fue Joan Manuel Serrat, pero el 25 de marzo de 1968 anunció que no cantaría en español sino en catalán. El Gobierno no aceptó otra lengua que no fuera el castellano, y Serrat quedó fuera. TVE propuso entonces a Massiel, que estaba de gira en México, y ella regresó a España rápidamente para grabar la canción y promocionarla por varios países europeos. Solo tuvo diez días para prepararse antes del festival —¡qué podía salir mal!—, y hubo que subirle un tono y medio a la canción para adaptarla a su voz.

    La canción había sido escrita por Manuel de la Calva y Ramón Arcusa —el Dúo Dinámico— y la producción corrió a cargo de Juan Carlos Calderón. El festival se celebró en el Royal Albert Hall de Londres, con Katie Boyle como presentadora. Se jugaba en campo del contrario y no había nada que perder. Massiel actuó en decimoquinto lugar aquella noche, y ganó la competición por un solo punto sobre el gran favorito, «Congratulations» de Cliff Richard, convirtiéndose en la primera artista española en ganar el concurso y hacer historia.

    El disco lleva décadas en mi colección. La cara A sigue sonando tan fresca y directa como aquella noche de abril del 68. Y cada vez que lo pongo, escucho también la voz de mi madre mandándome a buscar a mi abuela y los momentos tan felices que pasé con mi familia ese día. Y Massiel.

  • Al final de la cuesta

    Al final de la cuesta

    Hay tiendas que no venden solo productos. Venden tiempo.

    Para llegar a Discos Cocodisk hay que subir una cuesta, hacer ese primer esfuerzo para llegar a ella, como casi todo lo que de verdad importa. No es casualidad que esté ahí arriba, donde la pendiente desemboca en la antigua plaza del mercado. Como si la ciudad la hubiera ido empujando hacia el lugar más honesto que le quedaba: el corazón histórico, el sitio donde durante siglos la gente se juntaba a intercambiar cosas que valían la pena.

    El marco de cobre oxidado de su fachada, las letras en relieve que deletrean el nombre como si llevaran ahí toda la vida, la puerta —siempre entornada o no— invitando a asomarse: todo en ella dice entra, no tengas prisa, esto no va a ningún sitio. Y esa promesa, en los tiempos que corren, tiene mucho mérito.

    Dentro, las cubetas esperan. No hay algoritmo que te sugiera qué buscar, ni lista de reproducción curada por nadie. Solo el leve roce del cartón contra los dedos mientras pasas carpeta tras carpeta, la sorpresa de un título que no esperabas encontrar, el placer de leer las notas del interior de una funda antes de decidir si te lo llevas. Es una forma de escuchar música antes de escucharla.

    El dueño de una tienda así lo sabe. Sabe que está custodiando algo más que discos. Sabe que cada cliente que entra a ojear —aunque no compre nada— está votando con sus pies por un mundo en el que todavía tiene sentido tomarse las cosas con calma. En el que la música ocupa espacio físico, pesa, huele a papel, a polvo y también a años.

    Dicen que el vinilo está resurgiendo. Las ventas suben, los jóvenes compran tocadiscos, los artistas vuelven a editar en ese formato. Quizás no sea solo nostalgia. Quizás sea hambre de algo material en un mundo cada vez más intangible.

    Y mientras eso pasa, Cocodisk sigue ahí, al final de su cuesta, en su sitio de siempre. El último de su especie en la ciudad. O el primero de lo que viene.

  • El disco que me descubrió a Electric Light Orchestra

    El disco que me descubrió a Electric Light Orchestra

    Hay discos que buscamos durante años. Y hay otros que llegan a nosotros sin previo aviso y terminan quedándose para siempre. Eso fue exactamente lo que me ocurrió con A New World Record de Electric Light Orchestra.

    La primera vez que lo escuché estudiaba Bachillerato. Por entonces no conocía prácticamente nada del grupo. Su nombre apenas me sonaba y no tenía ninguna referencia sobre su música. Sin embargo, bastaron unos pocos minutos para que aquel disco despertara mi curiosidad.

    No era exactamente rock.

    Tampoco era música clásica.

    Ni pop en el sentido convencional de la palabra.

    Era algo distinto.

    El descubrimiento de un sonido

    Hoy resulta fácil acceder a cualquier artista en cuestión de segundos. Pero hace años descubrir un grupo nuevo tenía algo de aventura.

    Cada disco era una incógnita.

    Recuerdo especialmente el impacto que me produjo Rockaria!.

    Aquella mezcla de guitarras, cuerdas, melodías pegadizas y la inesperada aparición de una voz operística me pareció fascinante. Había escuchado rock, había escuchado música clásica, pero nunca había encontrado ambas cosas combinadas de aquella manera.

    Con el tiempo descubrí que esa mezcla era precisamente una de las señas de identidad de Electric Light Orchestra. Jeff Lynne había construido un universo propio en el que convivían Beatles, orquestaciones clásicas y una producción extraordinariamente cuidada.

    Pero en aquel momento simplemente me sonó diferente.

    Y eso fue suficiente.

    Una portada imposible de olvidar

    La música fue lo primero que me atrapó.

    La portada llegó inmediatamente después.

    El disco muestra por primera vez el que acabaría convirtiéndose en uno de los logotipos más reconocibles de la historia del rock: el enorme emblema circular de ELO suspendido sobre el Empire State Building de Nueva York.

    Hay portadas que ilustran un álbum.

    Y hay portadas que terminan formando parte de la identidad del grupo.

    Esta pertenece claramente a la segunda categoría.

    Con sus colores brillantes sobre el fondo negro y su estética futurista, parece una mezcla de nave espacial, máquina recreativa y cartel de ciencia ficción de los años setenta. Décadas después sigue resultando inconfundible.

    Un disco clave

    Publicado en 1976, A New World Record marcó uno de los momentos más brillantes de la carrera de Electric Light Orchestra.

    El álbum contiene algunas de las canciones más recordadas del grupo, entre ellas Telephone Line, Livin’ Thing, Do Ya y la propia Rockaria!.

    Escuchándolo hoy resulta fácil entender por qué tuvo tanto éxito.

    Hay una sensación permanente de ambición musical. Cada arreglo parece cuidadosamente construido. Cada canción está llena de detalles que aparecen en escuchas sucesivas.

    No era un disco conformista.

    Era un grupo funcionando a pleno rendimiento.

    Mi ejemplar

    La copia que conservo muestra las marcas habituales del paso del tiempo.

    Los bordes de la portada presentan desgaste y algunas señales de uso acumuladas durante décadas. Son las cicatrices normales de un disco que ha sido escuchado muchas veces.

    Lejos de molestarme, esas marcas forman parte de su historia y la mía.

    Cada una de ellas me recuerda todos esos momentos, compartidos o en relajada soledad, que este álbum ha llenado.

    La importancia de la primera escucha

    Hay discos objetivamente mejores que otros.

    Pero algunos ocupan un lugar especial por razones difíciles de explicar.

    A New World Record siempre será para mí uno de esos álbumes porque fue el disco que me descubrió a Electric Light Orchestra.

    Cada vez que vuelve a sonar Rockaria! recuerdo aquella primera escucha durante los años de Bachillerato, cuando no sabía nada del grupo y todo estaba aún por descubrir.

    Y quizá esa sea una de las mayores virtudes de coleccionar discos.

    No sólo conservamos música.

    También conservamos el recuerdo de quiénes éramos cuando la escuchamos por primera vez.

  • Los 3 Carino: tres hermanos de Huesca que conquistaron medio mundo

    Los 3 Carino: tres hermanos de Huesca que conquistaron medio mundo

    Hay discos que llegan a una colección después de años de búsqueda. Otros aparecen por casualidad en una tienda de segunda mano o en un mercadillo.

    Y luego están los que forman parte de la familia.

    Este EP de Los 3 Carino llegó a mis estanterías de esa manera. Lo heredé de mis padres y durante mucho tiempo fue simplemente uno de esos discos antiguos que siempre habían estado ahí, formando parte del paisaje familiar.

    Con los años empecé a mirarlo con otros ojos.

    Primero me llamó la atención que el grupo fuera de Huesca, mi ciudad. Después descubrí que detrás de aquel nombre tan peculiar se escondían tres hermanos oscenses que habían conseguido grabar discos para Philips y desarrollar una carrera mucho más interesante de lo que cabría imaginar.

    Lo que parecía un sencillo recuerdo familiar terminó convirtiéndose en una pequeña ventana a una historia casi olvidada de la música aragonesa.

    Un grupo nacido en Huesca

    Los 3 Carino no eran tres músicos reunidos para la ocasión. Eran tres hermanos oscenses: Carmen, Ricardo y Joaquín Solanes.

    Y su nombre tampoco era casual. «Carino» surgía de la combinación de sus nombres: Car de Carmen, Ri de Ricardo y No de Quino, diminutivo habitual de Joaquín. Por eso el grupo se llamó siempre Los 3 Carino y no Los 3 Cariño, algo que suele llamar la atención cuando uno encuentra sus discos por primera vez.

    Antes de que existiera el pop español

    Hoy estamos acostumbrados a hablar de la música pop española como una industria consolidada. Pero cuando Los 3 Carino comenzaron su carrera, todo estaba todavía por construir.

    España apenas empezaba a abrirse a las influencias internacionales. El rock and roll llegaba con cuentagotas y los grupos vocales eran una novedad para buena parte del público.

    En ese contexto, tres jóvenes de Huesca consiguieron grabar discos para Philips y abrirse camino en los escenarios.

    No era poca cosa.

    Mucho más lejos de Aragón

    Lo que más me sorprendió al descubrir la historia del grupo fue comprobar hasta dónde llegaron. Porque Los 3 Carino no limitaron su actividad a Aragón ni siquiera a España. Durante los años sesenta desarrollaron una intensa actividad internacional que los llevó a actuar en países como Turquía, Irán, Irak o Jordania.

    Visto desde hoy parece casi increíble. Tres hermanos nacidos en Huesca recorriendo Oriente Medio en una época en la que viajar al extranjero era una experiencia excepcional para la mayoría de los españoles. Algunas fuentes incluso señalan que llegaron a actuar ante el rey Hussein de Jordania.

    Sea cual sea la dimensión exacta de aquella aventura, lo cierto es que su trayectoria fue mucho más ambiciosa y cosmopolita de lo que cabría imaginar al observar este modesto EP.

    El disco

    El ejemplar que conservo incluye cuatro canciones:

    • Salió el tren
    • Tres jinetes
    • Comunicando
    • Mr. Wonderful

    Musicalmente refleja perfectamente el sonido de los primeros años sesenta: armonías vocales, arreglos sencillos y una clara influencia de la música popular internacional del momento.

    Pero lo que más me interesa hoy no son las canciones.

    Es el objeto.

    Las huellas del tiempo

    Este disco está lejos de encontrarse en un estado perfecto.

    La portada muestra roturas, marcas, anotaciones manuscritas y restos de antiguas reparaciones con cinta adhesiva. La contraportada tampoco ha escapado al paso de las décadas. Sin embargo, cada una de esas marcas parece añadir una capa más a su historia.

    Alguien escribió sobre él.

    Alguien lo guardó.

    Alguien lo escuchó una y otra vez.

    Y desde el olvido ha conseguido llegar hasta aquí.

    Un disco que guarda dos historias

    Quizá por eso este disco ocupa un lugar especial en mi colección. No es el más raro. Tampoco el más valioso. Pero perteneció a mis padres y me conecta con dos historias al mismo tiempo: la historia de mi familia y la de tres hermanos oscenses que llevaron su música mucho más lejos de lo que cualquiera habría imaginado.

    Cada vez que lo sostengo veo las marcas del tiempo sobre el cartón, las anotaciones hechas hace décadas y las huellas de una vida anterior a la mía. Y pienso que, al final, coleccionar discos consiste también en eso: conservar recuerdos, rescatar historias y evitar que ciertas cosas caigan en el olvido. Los 3 Carino estuvieron a punto de hacerlo. Por suerte, todavía queda algún disco girando para recordarlos.

    Los 3 Carino – Comunicando

  • Pequeño Bikini Amarillo: cuando el rock llegó en formato de cuatro canciones

    Pequeño Bikini Amarillo: cuando el rock llegó en formato de cuatro canciones

    Hay discos que se buscan por su valor económico, otros por su rareza y algunos porque representan un momento concreto de la historia. Este pequeño EP de Zafiro (Z-E 182) pertenece a esa última categoría.

    A primera vista, Pequeño bikini amarillo parece uno más entre los cientos de discos publicados en España a comienzos de los años sesenta. Sin embargo, basta observar la portada para entender que estamos ante algo especial. El diseño, con sus trazos abstractos, colores vivos y una estética claramente influida por el optimismo gráfico de la época, captura perfectamente el espíritu de aquellos años en los que el rock and roll y el pop comenzaban a abrirse paso entre el público español.

    Cuatro canciones para una generación

    El disco reúne cuatro temas que hoy funcionan como una pequeña cápsula del tiempo:

    • Bikini Amarillo – Vrayan Jailan
    • Blues del mulero – Los Zender
    • Lo siento – Blenda Ly
    • Solo el solitario – Ray Arbisoun

    Entre todos ellos destaca especialmente Solo el solitario, adaptación de «Only the Lonely», uno de los primeros grandes éxitos de Roy Orbison.

    En la etiqueta y en la contraportada aparece acreditado como «Ray Arbisoun», una castellanización fonética bastante habitual en la España de principios de los años sesenta. En aquellos años era frecuente que los nombres de artistas extranjeros se adaptaran a la pronunciación española o incluso se tradujeran parcialmente para acercarlos al público local.

    Hoy resulta curioso ver a Roy Orbison presentado de esta manera, pero también convierte este pequeño EP en un interesante testimonio de cómo llegaba la música internacional a nuestro país.

    La sombra de Roy Orbison

    Con el paso del tiempo, es probablemente Roy Orbison quien aporta mayor relevancia histórica a este lanzamiento. Cuando este disco apareció, Orbison estaba construyendo una carrera que acabaría situándolo entre las figuras más importantes del rock and roll.

    Su voz inconfundible, capaz de pasar de la vulnerabilidad a la intensidad dramática en cuestión de segundos, dio lugar a clásicos como Only the Lonely, Crying, In Dreams o Oh, Pretty Woman. Décadas después seguiría siendo admirado por artistas tan diversos como Bruce Springsteen, Tom Petty, Elvis Costello o los integrantes de The Traveling Wilburys.

    Por eso resulta especialmente atractivo encontrar su nombre, aunque disfrazado bajo la forma de «Ray Arbisoun», en un modesto EP español de comienzos de los sesenta. Es uno de esos pequeños detalles que convierten un disco aparentemente corriente en una pieza mucho más interesante para el coleccionista.

    Una contraportada que cuenta una historia

    La contraportada resulta especialmente interesante porque actúa como una ventana al mercado musical español de comienzos de los sesenta.

    El texto promocional destaca que las canciones seleccionadas figuraban entre los éxitos norteamericanos del momento y menciona expresamente la revista Billboard como referencia de prestigio. Hoy puede parecer algo normal, pero en aquella época Estados Unidos representaba la vanguardia musical y comercial, y citar las listas americanas era una forma de garantizar calidad y actualidad.

    También llama la atención el lenguaje empleado: expresiones como «juventud americana» o «alegres momentos bailando al ritmo de sus melodías» reflejan una época en la que el pop se vendía como una promesa de modernidad y diversión.

    Más que un disco

    Las pequeñas marcas en los bordes, ligeros desgastes y el típico envejecimiento del cartón de la portada y las manchas, amarilleamiento y marcas de almacenamiento que se aprecian en la contraportada, cuentan una historia tan interesante como la música que contiene.

    Cuando sostengo piezas como esta, me gusta pensar que no estoy observando únicamente un soporte musical. Estoy viendo un objeto que nació en una época en la que la televisión apenas comenzaba a consolidarse, internet era inimaginable y la música viajaba físicamente de mano en mano.

    Quizá no sea el disco más raro de mi colección ni el más valioso. Pero sí es uno de esos ejemplares capaces de transportar al oyente a un momento concreto de la historia.

    Y, al fin y al cabo, eso es lo que busco cuando colecciono discos: no sólo canciones, sino también fragmentos de tiempo.

  • El estado de las cosas

    El estado de las cosas

    Hay una pregunta que me ronda la cabeza desde hace tiempo. No tiene una respuesta especialmente útil, ni práctica, ni siquiera importante. Pero algunas preguntas se quedan ahí, girando lentamente, como un disco sobre el plato. Y esta es una de ellas:¿En qué estado se encontrará hoy el primer disco de la historia?

    No hablo del primer disco que se publicó comercialmente y acabó en miles de hogares. Tampoco del primer gran éxito de ventas. Me refiero al primero de todos. El objeto físico. El primer ejemplar salido de una prensa. El disco inaugural.

    Quizá siga existiendo en algún archivo olvidado. Quizá duerma en una caja etiquetada con una caligrafía ya ilegible. O quizá desapareció hace décadas, convertido en polvo, deformado por el calor o simplemente destruido por la indiferencia.

    Los coleccionistas pensamos mucho en el estado de las cosas. Porque el tiempo deja marcas. Siempre.

    El desgaste inevitable

    Un disco es un objeto extraño. Está hecho para sobrevivir y, al mismo tiempo, para deteriorarse con cada uso.

    Cada reproducción erosiona ligeramente el surco. Cada mudanza añade una posibilidad de roce. Cada dedo deja grasa invisible. Cada funda de papel termina produciendo pequeñas señales circulares que sólo aparecen cuando inclinamos el vinilo hacia la luz. Y, aun así, algunos sobreviven de forma casi milagrosa.

    Hay discos con setenta años que parecen haber salido ayer de la tienda. Y otros con apenas una década que transmiten la sensación de haber vivido demasiadas vidas. Eso hace que el estado de conservación no sea un detalle secundario. Es parte de la historia del objeto.

    Un disco impecable habla de cuidado, de atención, de respeto casi ritual. Uno muy usado también cuenta algo: fiestas, noches largas, tocadiscos baratos, agujas gastadas, generaciones enteras escuchando las mismas canciones.

    Ambos tienen algo que decir.

    El primer disco

    A veces imagino ese primer ejemplar recién prensado.Todavía caliente. Perfecto.

    Sin marcas, sin polvo, sin electricidad estática, sin una sola micro-raya. Un estado que hoy llamaríamos Mint, aunque entonces nadie necesitara inventar una palabra para describirlo.

    Y después, inevitablemente, empezó el proceso. Alguien lo tocó. Alguien lo reprodujo. Alguien lo guardó mal o bien. Pasó por manos cuidadosas o descuidadas. Tal vez atravesó guerras, almacenes húmedos, oficinas, mudanzas o herencias. Si todavía existe, ya no es perfecto. Nada lo es. Y quizá ahí esté precisamente su valor.

    Las escalas y las obsesiones

    Todo coleccionista termina desarrollando una relación peculiar con las escalas de conservación. Las oficiales intentan ser objetivas: Mint, Near Mint, Excellent, Very Good Plus… categorías que buscan convertir algo profundamente subjetivo en un lenguaje común.

    Pero cualquiera que lleve tiempo comprando discos sabe que dos personas pueden describir el mismo ejemplar de maneras completamente distintas. Hay vendedores para quienes “Excellent” significa prácticamente nuevo. Otros llaman “Very Good” a algo que parece haber sobrevivido a una inundación.

    Con el tiempo, uno acaba desarrollando su propio sistema mental. Más intuitivo. Más personal. El mío es bastante simple. No pienso tanto en términos de perfección como de dignidad.

    Mi escala

    Un disco perfecto es interesante. Pero un disco honesto me interesa más. Mi escala personal no tiene demasiadas categorías, aunque probablemente sea más estricta de lo que debería.

    Intocable

    El disco parece suspendido fuera del tiempo.

    Vinilo limpio, brillo intacto, portada firme, sin desgaste visible. La experiencia más cercana posible a sostener un ejemplar recién comprado hace décadas. No abundan. Y, sinceramente, tampoco necesito que toda mi colección esté compuesta por discos así.

    Excelente

    Ha vivido, pero con elegancia.

    Alguna señal mínima bajo luz intensa. Una esquina ligeramente suavizada. Quizá una marca superficial que no afecta al sonido. Este es el estado ideal para la mayoría de los discos que compro. Todavía conservan la sensación de objeto cuidado, pero sin la frialdad de lo absolutamente impoluto.

    Honesto

    Mi categoría favorita. Aquí empiezan los discos con historia visible.

    Pequeños clics ocasionales. Algún desgaste en la portada. Señales claras de uso normal. Pero siguen transmitiendo algo importante: ganas de ser escuchados. Muchos de los mejores discos que tengo pertenecen a esta categoría. No son piezas de museo. Son supervivientes.

    Fatigado

    El disco ya no es sólo un soporte musical. También es un testimonio.

    Ruido de fondo constante. Marcas evidentes. Portadas cansadas. Anotaciones, etiquetas, firmas, restos de una vida anterior. A veces todavía merecen la pena. Hay discos tan difíciles de encontrar que uno acepta cierto desgaste como parte inevitable del trato. Otras veces simplemente conservan un encanto extraño, imposible de medir.

    Derrota

    Cuando el estado del disco interfiere más con la música que el silencio.

    Surcos agotados. Saltos. Deformaciones. Portadas destruidas. Aquí ya no colecciono sonido. Colecciono arqueología.

    Escuchar el tiempo

    Creo que una de las razones por las que sigo comprando discos físicos tiene que ver precisamente con esto.

    Los archivos digitales no envejecen de forma visible. Un archivo FLAC no adquiere marcas de uso. No amarillea. No desarrolla desgaste en los bordes. Un disco sí. Y eso lo convierte en algo profundamente humano. Cada señal física es una pequeña prueba de existencia. El equivalente material de las arrugas.

    Quizá por eso me fascina imaginar el destino del primer disco de la historia. Porque, si aún existe, debe de contener una cantidad inmensa de tiempo acumulado. No sólo en sus surcos. También en sus heridas.

    El estado de las cosas

    Al final, cualquier colección termina hablando menos de los objetos y más de la relación que mantenemos con ellos. Hay quien busca únicamente ejemplares perfectos. Hay quien prefiere discos gastados porque parecen más reales.

    Yo creo que ambos impulsos son comprensibles. Pero cada vez me interesa menos perseguir la perfección absoluta. Prefiero encontrar discos que todavía conserven algo de vida. Algo de presencia. Porque el tiempo siempre deja marcas. Y quizá coleccionar consista precisamente en eso: aprender a mirar esas marcas sin miedo. Incluso apreciarlas. Especialmente apreciarlas.

  • ¡Hola, mundo!

    ¡Hola, mundo!

    Hay colecciones que se acumulan sin querer: llaves huérfanas, bolsas de plástico, polvo. La mía de vinilos, en cambio, tiene nombre, tiene fecha de adquisición y tiene, desde hace poco, hasta su propia base de datos.

    Este blog nace de esa misma pulsión ordenadora y también de su contraria: la de pararse a escuchar, a recordar por qué compraste ese single de segunda mano en un mercadillo, o qué estabas haciendo la primera vez que pusiste ese LP. Los datos están bien, pero las historias son otra cosa.

    Aquí escribiré sobre canciones y artistas, sobre caras B que merecen más atención de la que reciben, sobre curiosidades de la industria discográfica y sobre todo lo que me vaya surgiendo mientras le doy vueltas, literalmente, a los discos. Ni orden temático fijo ni periodicidad prometida: esto va a su ritmo, como el vinilo.

    Si coleccionas, bienvenido. Si no coleccionas pero la música te importa, también. Y si has llegado hasta aquí por accidente, quédate: en algún momento pondremos algo que te guste.